viernes, 26 de septiembre de 2014

EXPLICACIONES sin corrregir




EXPLICACIONES


Aquellos que hayan tenido algún contacto con la sociología tendrán, escasamente y relativamente en claro, que multicausalidad es un principio que permite avizorar que las decisiones tanto plurisociales, mesosociales, como individuales de los seres humanos son indiscernibles, aleatorias, por lo general mal intencionadas y tendencialmente, más o menos, abruptamente inexplicables.

Claro que si no han revisado sesudamente a Max Weber no se puede decir que hayan tenido contacto con la sociología. Pero mejor digamos “más o menos”, ya que las afirmaciones tajantes pronto prescriben.


“Cada situación histórica –o social- sí... de nuevo más o menos- se resuelve específicamente.” Lo cual sería un aporte definitivo, si es que pudieran existir dicho tipo de aportes. Implica además infinita incertidumbre y falta de certeza ante cualquier acción a futuro. Max Weber estaría en desacuerdo con esta afirmación lo cual ayuda a comprender la alta probabilidad de que las mismas sean en su incorrección correctas.


Otra atenuante comprobación de lo expuesto es que hagan tales exposiciones para tratar de explicar ciertas relaciones entre lo que suele llamarse al menos en estos tiempos “parejas” (valdría “novios”, “matrimonios”, “uniones de hecho”... ponele... relaciones que superan los prescriptos –sabiendo que cualquier prescripción es de relativa a falsa- seis meses hormonales).


En principio toda afirmación, codificación tal vez para Hall, encontrará una asimetría en la decodificación, también, pero con incertidumbre, para Hall. Por algo falleció. Y esa asimetría lleva a que el siguiente intercambio produzca una asimetría mayor y así infinitamente, al punto que la situación puede derivar en resoluciones dramáticas... no especificaremos al respecto.


Se podrían considerar inaceptables las resoluciones dramáticas extremas, aunque toda inaceptación esconde algún grado de hipocresía.


En estos términos es difícil comprender o contarles la conversación telefónica que pretendía narrarles.  Por lo tanto lo dejo ahí, aún sabiendo que tan decisión es esquiva y equivoca... según el caso.


Roberto von Sprecher. Juevés 25 septiembre 2014.

martes, 9 de septiembre de 2014

PENSOLANDIA






Pensolandia

Todo tiene que cambiar, como perder el tiempo especulando y llenando formularios.

Se internó un poco más en el bosque sin saber dónde estaba, ni en qué lugar había dejado el auto.

La mochila era muy liviana. Una muda y una botella de agua. No pensaba que hiciera falta llevar más agua.  En los bosques siempre hay arroyos.  Se los puede distinguir desde lejos por el ruido del agua entre las piedras. El agua arrullando, a veces arrollándose entre las piedras, a veces descendiendo vertiginosos por laderas.

Miró los árboles, estaban muy cercanos entre sí. Los arbustos hacían difícil el caminar.  Se había puesto botines pero había olvidado cortarse las uñas sus los costados se le clavaban en los dedos contiguos.

Lamentó no saber los nombres de los árboles y arbustos, ello le podría haber ayudado a ser más preciso.  No pudo decidir –en ese momento- si había sido por desidia, por desinterés, por su mala memoria para algunas cosas o, quizás, porque los nombres de los árboles constituían una taxonomía extraña, en relación a la que hasta entonces había manejado todos los días.

Aunque había prestado más atención a sus pensamientos que al bosque, empezó a darse cuenta de que las hojas de los árboles iban disminuyendo en número y que por lo tanto disminuía el murmullo que producían al rozarse entre sí con el viento.

-      Quizás el secreto del bosque esté en sus murmullos. Pensó.

No quería pensar por qué ella se había marchado sin querer dar explicaciones.  Pero su mente seguía más atenta en pensar que ella lo había dejado, sin querer darle explicaciones. Probablemente por éso demoró bastante tiempo en darse cuenta de que el murmullo de las hojas que causaba el viento iba disminuyendo hasta casi desaparecer.

SEguía sin prestar mucha atención,  pero también se acabó por dar cuenta de que la cuesta por la que venía descendiendo terminaba abruptamente y con ella terminaban los árboles y los arbustos. Frente a él se levantaba una pared rocosa altísima, muda.

Le habían dicho que lo había hecho porque él se la pasaba trabajando y muchos días debía estar fuera de la ciudad y en lugares en los cuales el celular no tenía señal. Sin embargo, él dudaba de esa teoría, que era la mayoritaria.

Barajando hipótesis y sabiendo que tendía a deprimirse pensó que, tanto tiempo sola, habría tenido que conocer a alguien. A alguien que estaba presente y no ausente como él.

En la cima de la pared altísima todos los árboles y arbustos estaban quemados. No encontró ninguna explicación razonable sobre por qué el fuego no se había extendido hacia la colina por la que había estado bajando.

Dió un largo rodeo y caminó por lo alto de la montaña quemada.  En ese rodeo, durante un trecho, siguió el limite inexplicable entre lo quemado y lo que permanecía verde.

Un par de horas después escuchó, muy lejos, el suave ruido del agua. ¿Era suave o era lejano?
No se preocupó, interpretó el ruido como indicio de que más adelante había un arroyo, un arroyuelo, una corriente de agua... agua clara.


No tenía idea de la hora y pensando que podía anochecer, apuró el paso. Saco la botella de agua de la mochila y bebió el último trago. 


Llegó casi de noche y comprobó que el ruido provenía del agua corriendo sobre los troncos caídos y quemados desplazados sobre el torrente. No parecía agua, parecía barro de cenizas.  Se deslizó con dificultad.  Llenó la botella, pero el agua era turbia y cuando la probó la tuvo que escupir y le lastimó la garganta.
Se sentó en el barro y trato de no pensar.  Se volvió más oscuro y con cuidado caminó siguiendo los relumbrones del curso de agua. Ya era de noche cuando escucho un estruendo que iba aumentado poco a poco. 

El agua barrosa caía en una violenta cascada a una olla profunda. Supuso que el color sombrío se debía en parte a la consistencia del agua y en parte a la oscuridad.

Bordeó el acantilado, se sacó la mochila, miró el cielo y pudo ver estrellas cuyo nombre tampoco conocía.  Ese día se estaba dando cuenta de que no conocía casi nada. Con las estrellas le pasaba lo mismo que con los árboles. Se dio cuenta de que ignoraba casi todo.

Entonces saltó y rebotó contra unas piedras que estaban metros más abajo.
En el trayecto pensó que lo ignoraba todo salvo hacer su trabajo y que entonces no tenía sentido que hiciera hipótesis sobre por qué ella lo había dejado sin darle explicaciones. ¿Por qué le iba a dar explicaciones? El ignorante de todo no las hubiera entendido. Tal vez pensó que nunca había pensado en serio en ella y que pudiera ser que ella, tampoco entendiera nada. Que nadie entendiera nada.

La caída termino. Las piedras estaban frías y mojadas.  La sangre permaneció caliente un rato.



RVS. Primer semestre 2014.

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