jueves, 28 de agosto de 2014

ENTENDIMIENTO



A veces no puedo estar sin escribir.  Otras veces no puedo escribir durante meses.

Mucho tiempo escribí a mano, luego años en la computadora y desde hace cerca de un año de nuevo a mano. Gran parte del año no puedo dejar de trabajar excepto cuando me duermo.

A veces me gustan algunas cosas que escribo, la mayor parte de las veces no.  Pienso que mi escritura es anacrónica, intrascendente.  Por ello siempre tengo in mente que en algún momento tengo que borrar todo lo que he escrito, aunque, al mismo tiempo, desde que surgieron los blogs, subo cuentos a internet. No estoy seguro si es un acto de vanidad o una simple estupidez. Al principio pensaba que si lo que había subido que le gustaba a una persona era suficiente.

No tengo las cosas demasiado en claro, tampoco las tengo demasiado en claro respecto de mi vida, no sólo respecto de la escritura.  Esa compulsión que cada tanto surge desde que iba a la escuela secundaria. Antes copiaba y modificaba textos de otros.





Ya tengo demasiados años y todavía no terminó de comprender porque hago la mayoría de las cosas, o como decía Weber las hago en una “oscura semiconciencia”. Soy profesor de sociología, investigó utilizando teorías sociológicas como herramientas (y tengo claro que es una tarea intrascendente frente a la literatura, es incorrecto decir “buena literatura” pero abrevia el trámite). La sociología me ayuda a entender las causas y circunstancias generales por las que las cuales hago las cosas como las hago, pero las causas más importantes permanecen en un densa neblina. Vivir. Enamorarse. Tener hijos. Trabajar. Leer... escribir.

El texto que transcribo abajo lo escribí el 17 de junio del 2014.  Luego en mi bitácora hay una nota sin fecha que dice: “¿Tengo derecho a vivir luego de que me jubile?”.  No intentare hablar sobre esa frase, puedo dar muchas razones contrarias a ella, algunas favorables, pero no creo que realmente tengan importancia.  Cuando escribí eso pensaba mucho, lo sigo pensando, si las cosas que hago tienen alguna importancia, si las cosas que hacen el resto de la gente tiene alguna importancia. Creo que no. 

  Transcribo aquel texto:

ENTENDIMIENTO

Al menos soy capaz de darme cuenta que muchos andan diciendo que me falta una moneda para el peso. Y también entiendo que me cuesta entender. Por ello se que si contara lo que vi, y he pensando sobre lo que pasó con la señora Berta, nadie me creería, ni me prestaría atención.

También soy capaz de darme cuenta de que ninguno de mis rasgos hace pensar que me cuesta entender muchas cosas.  Por eso mismo me esmero en estar siempre limpio y bien vestido.  La señora Berta me dijo, más de una vez, “eres muy guapo”.  Así hablaba ella.

También se que algunos dicen que me hago el que entiendo cuando me conviene. No estoy seguro a qué se refieren, pero puede ser.

Muchas veces me parece que entiendo más de lo que creo entender,  pero no tiene importancia porque igual todos me tratan como si fuera un chico.

Por eso lo sigo al Juan, que era el marido de la señora Berta. Lo sigo sin que se dé cuenta. Sé que no se da cuenta porque si lo hiciera empezaría a putearme como lo ha hecho siempre. Nunca le gustó verme.

La señora Berta nunca me gritó ni me insultó. En las semanas de verano en que el Juan se iba al campo, me llevaba a la piecita donde antes habían tenido a una sirvienta. La piecita siempre estaba limpia y arreglada. Me desnudaba y le gustaba que hiciéramos cosas y, cuando hacíamos cosas, se tapaba la boca, entiendo que lo hacía para que nadie pudiera escuchar sus gritos.

Una noche, cuando se suponía que el Juan debía estar en el campo y yo estaba sentado, en la oscuridad, en un tarro vacio de pintura dado vuelta, al lado del galponcito de chapas del fondo, vi salir al Juan por la puerta de atrás con una bolsa grande.

No sé porque entré, bastante más tarde, porque nunca entraba si la señora Berta no me llamaba.

Ella estaba desnuda, en la cama matrimonial, bañada en sangre y con un tajo en el cuello. Las puertas del ropero y los cajones de la cómoda estaban abiertos y algunos dados vueltas, y todo desparramado por el suelo. El resto de la casa también estaba desordenado.

Entendí que tenía que irme rápido y no aparecer por la quinta.

Hicieron el sepelio en el pueblo y no me dejaron entrar. 

Tuvieron que ir en auto hasta el campo para avisarle al Juan, porque en su campo los celulares no tienen señal.  Llegó cuando los hermanos de la señora Berta ya habían preparado todo.

Ahora es de noche y lo veo fumar un cigarrillo sentando en un escalón de la puerta de atrás, por la misma que me hacia entrar la señora Berta.
Dicen que no hay ningún avance en la investigación sobre el crimen... que la violaron y robaron, aunque no había nada de valor.

Pero yo creo que algunas cosas entiendo y sigo vigilando al Juan sin que vea.  No entiendo muy bien porque lo hago.  Pero debe haber alguna razón. Entiendo que hay razones.

Roberto von Sprecher. Junio 17, 2014.


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