viernes, 16 de mayo de 2014

Anomalía I (primera versión)

Casi no he subido nada este año.  Llevo escritas 230 páginas a mano. Microfibras sobre papel 120 gramos. Es difícil pasar todo. Bueno, paso algo...




 Anomalías I


“Conducía como una vieja con las dos manos aferradas al volante”.  Cuando volvió a mirar el taxista conducía despreocupado y relajado, con la mano izquierda apenas aferrando el volante y el extremo del codo del brazo izquierdo apoyado sobre la correspondiente ventanilla.


Trato de inferir en qué momento, cuantos metros atrás lo había visto conducir como una anciana crispada, con las dos manos atenazando el volante. No podían haber hecho más de dos o tres cuadras.  Estaban por llegar a Mariano Moreno y 27 de abril. Debería haber ocurrido en Mariano Moreno y Duarte Quiros. ¿Qué había ocurrido allí?  Volvió a pensar en que pasaba en ese instante con el taxista, eso era lo importante, el indicio, el taxista había agarrado el volante con las dos manos, como garras de una vieja artrítica y arrugada, con un pañuelo a la cabeza.  Así había categorizado al taxista, sin pensar que pasaba alrededor.  No había prestado atención a que ocurría fuera del taxi.


Algo tenía que haber ocurrido para que tomara así el volante. ¿Había visto algo antes o vería algo adelante? Pensó que tendría que haber sido antes porque si no se hubiera dado cuenta... si bien no había prestado atención su mirada iba, entonces, dirigida hacia el frente y si hubiera ocurrido alguna anomalía la hubiera detectado aún en estado de distracción.


Entonces algo anómalo había ocurrido un instante atrás y quizás la anomalía aún seguía allí.  En la zona de Mariano Moreno y Duarte Quiros.


Se trataba de su trabajo.  Sin embargo focalizo sus recuerdos, su memoria difusa y llego a la conclusión que la anomalía podía haber ocurrido, o podía seguir ocurriendo, entre Duarte Quiros y Boulevard San Juan... una cuadra más arriba.  Pensó que la zona de Boulevard San Juan era más extensa y abierta... más adecuada para la ocurrencia de una anomalía, en un espacio más abierto hasta podía llegar a ser detectada por una persona común.


Le ordenó al taxista que se detuviera antes de 27 de abril.  Paró casi en la esquina y cuando le mostró su credencial el taxista volvió a aferrarse al volante con las dos manos mirando hacia adelante.  Quizás debería haberle pagado para no llamar más la atención.  Pero ya había pasado mucho tiempo y se bajó del auto. Disimuladamente comenzó a caminar hacia el sur mientras el vehículo permaneció inmóvil, el chofer también, en el mismo lugar.


Primero considero que convenía dar un rodeo, pero luego decidió subir directamente por Mariano Moreno. Estaba vestido con un vaquero, una remera azul y botines. A nadie se le ocurriría que era un buscador de anomalías.


Aminoró el paso al acercarse a Duarte Quiros. Encendió el detector pero éste no emitió ninguna señal. Lo utilizó como si fuera un celular y estuviera enviando un mensaje. El detector, como todo indicform, marcaba el día y la hora: abril 10, 2014.  11 Hs. 35 M.


Lentamente reviso la esquina de Duarte Quiros hasta estar seguro de que allí no había nada. Cruzó y siguió hacía San Juan. Antes de llegar, y sin necesidad de recurrir al detector se dio cuenta que la anomalía estaba por allí.


Con mucho cuidado, no había forma de protegerse con nada, cruzó hacia el bar de enfrente.  Ya tenía en claro que lo que ocurriera tenía que estar ocurriendo allí.

Miró a través de la puerta de vidrio y la sintió a su izquierda, pero no podía verla.  Entro y enseguida se dio cuenta de que era una mujer.  A la que veía sentada de espaldas. Una mujer de pelo castaño, largo y enrulado.


La señal sonó en su cerebro. Tendría que llamar a la central porque era algo personal y eso podía alterar toda la situación.  Pero no llamó.  Le hubiera bastado activar el biochip injertado detrás de la oreja. Seguramente en la central estaban captando una interferencia y pronto saldrían a averiguar qué pasaba.  Tenía que decidir rápido y una decisión podía ser activar el protocolo para disolver el biochip.  Aunque se suponía que no era la situación en que debía hacerlo.


Se sentó delante de la mujer.  Era una jovencita, una adolescente.  El sabía que tenía diecinueve años. La miro a los ojos y su rostro quedo inmóvil ante la sorpresa cuando la reconoció.  El ahora tenía setenta y un años.  Mirando sus ojos pudo saber que no lo estaba reportando.  Activo el protocolo para disolver el biochip.  Algo que no podía hacer en una situación como esa.


Necesitaba hablar con ella, necesitaban hablar.  Percibió la hendidura en la pared del fondo del bar y antes de que nadie pudiera darse cuenta de nada desaparecieron por ella.


Cuando llegó el Batallón Móvil de la Central la hendidura había desaparecido.  El había desaparecido.



Roberto von Sprecher (2014)


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