sábado, 27 de julio de 2013

SER ESCRITOR (versión no identificada de indeterminadas versiones)





SER ESCRITOR

Cuando tenía seis años comencé primer grado de la primaria aprendí, en julio ya sabía leer libros de puras letras e historietas, mérito de esas maestras que tenían a su cargo dos o tres cursos en una escuela de chacras y se enfrentaban diariamente a los chacareros e isleros de guardpolvos blancos.  La escuela funcionaba en unas habitaciones prestada por uno de los vecinos de la zona rural.

En esas vacaciones de julio empecé a devorar libros.  Televisión había sólo en Buenos Aires y para el resto del país todavía no existía. Era muy difícil imaginar cómo hacer una película (en el pueblo había dos cines). En esas vacaciones decidí que ser escritor.  Supuse bien que no era nada sencillo y como no quería cometer errores groseros no arranque con textos propios y comencé a copiar mis libros en cuadernos con espiral de alambre.

        Así copie Viaje al Centro de la Tierra, que se engrosó bastante porque cada tanto hacía un dibujo sobre lo que me pasaba por la cabeza al leer el libro.  También podría haber decidido ser historietista.  Pero no tenía en claro que las revistas de historietas las podían hacer en países como el nuestro, o en lugares medios raros como la Patagonia. Ni que fueran hechas por seres humanos.

Recién me animé en la secundaria cuando descubrí a Bradbury, Cortazar, Conti, Vanasco, Rozenmacher, García Marquez, Pearl Buck (si uno también descubre autores que luego son devaluados y uno no termina de estar seguro de porque fueron devaluados) y un largo etcétera que me llevaba a la biblioteca de Cipolletti porque lo que me interesaba de la biblioteca de mi pueblo se había terminado. Entonces comencé a escribir mis propios cuentos. 

El primero fue un cuento de ciencia ficción en el cual había una autopista que se llamaba Carlos Gardel y los terrestres, en sus bases, seguían los partidos de Boca contra River o viceversa.  Luego los terrestres se volvían verdes.  Una boludez que tuvo varios lectores entre mis amigos.

Luego me dedique a escribir copiosamente.  Un profesor piadoso logró que publicaran dos de mis cuentos en el diario de la zona, lo cual me dio cierto prestigio en el limitado margen de la escuela y cuando tenía un cuento nuevo varios los profesores nos dejaban leerlos en sus clases. Uno de los compañeros era el encargado de anunciar la buena nueva y solicitar su pública lectura. Fue la única época en que tuve un público fanático de mis cuentos. Mis compañeros del Bachillerato de Neuquen me incitaban a escribir todos los días.  Cada cuento nuevo era leído, el mismo una y otra vez, en unas seis materias.  Tiempo ganado a la clase.  Probablemente fue mi mayor contribución a la educación.

Luego fui a la universidad, supongo que era lógico que terminara en la universidad porque era un bicho raro que leía mucho y escribía mucho. Cosa bastante excepcional no siendo hijo de los pocos profesionales que, además, vivían en el pueblo y no en las chacras.

Años después, siguiendo el ejemplo de Sabato -al que había amado en la secundaria, pero no en la universidad- logré mi mayor acto en el mundo literario: destruí más de cien cuentos y dos novelas –muy malas por otra parte-.  Me costó años recuperarme de aquel acto y volver a escribir.  Sentí que había superado a Héctor Libertella que, en la secundaria, me había fascinado con aquel escritor que quemaba su libro en El Camino de los Hiperboreos (en realidad no lo sentí, debí haberlo sentido).

Finalmente había querido ser escritor y no lo había logrado.  Claro yo quería ser Faulkner y no Poldy Bird.  Luego vinieron los blogs  y los que escritores que habían querido serlo y no lo habían sido pudieron publicar sin importar que nadie los leyere.  Impelidos, tal vez, algunos, como yo mismo –imperiosamente, compulsivamente- a escribir, a llenar hojas con lapiceras fuente, con lápices, con biromes, con máquina de escribir, bueno tendría que pensar con que se escribe en la computadora pero ahora no tengo ganas.     Acá se pone: FIN.