sábado, 5 de octubre de 2013

VITROLA



VITROLA

El tiempo que restaba para el dos mil nos parecía muy breve.  No pensábamos que tendría la duración que parece haber tenido. Eran nuestros tiempos.  Un verano, a fines de los cincuenta, mientras buscábamos cerezas maduras, que hubieran picoteado los pájaros, le dije a Vitrola:
-      En el 2000 vamos a estar todos muertos.
Recuerdo esa frase a menudo, por ejemplo hoy cuando ya han pasado 13 años.  El dos mil parecía una época tan lejana a la que jamás pensé que podríamos llegar vivos.  Era la ciencia ficción.

Vitrola, no sabía leer y yo quería enseñarle con un viejo libro de lectura, que había pertenecido a algúno de mis tíos o a mi padre, se llamaba Fragata y estaba en la biblioteca vieja.  Se lo presté, pero cuando mi madre se enteró, me reto, se lo tuve que pedir, y lo lavó usando lejía… creo.  No era que le parecieran mal mis intenciones de enseñarle a leer a Vitrola o que tuviera problemas con (salvo, decía, que hablaba mucho). Vivía con terror a que nos contagiáramos alguna enfermedad. Creo que las epidemias de polio habían ocurrido hacía poco.
        Vitrola nunca aprendió a leer y nunca llegó al año dos mil.  Unas vacaciones de verano, cuando ya estaba estudiando en Córdoba, me contaron, sucintamente, sin detalles que había muerto, aparentemente en una pelea.  Y buscando cerezas imaginábamos como iba a ser el año dos mil.
        Ya nadie se acuerda de Vitrola.  Es como si hubiera desaparecido al desaparecer de todo recuerdo.  Como si nunca hubiera existido.

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