jueves, 21 de abril de 2011

PARTIDO


PARTIDO

El viejo que se ha ubicado en la mesa más próxima al televisor de la izquierda, delante de mi mesa, pero no cerca, está loco como la mayoría de los viejos.  Gesticula y crítica permanentemente a los jugadores del Barcelona, con él cual, sin embargo, parece simpatizar, levanta los brazos y trata de involucrar en sus disquisiciones coléricas a los que están en las mesas cercanas.

A punto de comenzar ha entrado una extraña delegación de estudiantes españoles, actúan como estudiantes al menos, andan cerca de los veinticinco la mayoría, que juntan cuatro mesas que en poco tiempo son ocupadas por seis botellas de vino que se van vaciando rápidamente. Hora local casi cinco de la tarde. No puedo contarlos con atención ya que tengo que estar concentrado en la pantalla de la izquierda y ellos están se han ubicado a mi derecha, hacia delante –yo me he atrincherado contra la pared de vidrio del fondo.  No deben ser menos de diez, y seguramente son más de diez con las dos chicas que se agregan al rato de iniciado el juego.

El viejo insiste en que Messi es un pecho frío incapaz de avanzar sobre la defensa cerrada del Madrid y hace alguna alusión, que no intento escuchar, sobre su papel en la selección nacional.

El ocupante de la mesa de la izquierda, paralela a la mía, la mesa contra una columna y con un celular de esos de quinientas funciones, conectado a un enchufe del local, parece haber montado allí una oficina. Habla a cada rato por el teléfono y en el transcurso del primer tiempo entran tres hombres que hablan un rato con él y luego se van. No presta atención al partido. Más bien es distraído cada tanto por el viejo gesticulador.

Los de la delegación española son de distintas regiones y se mezclan las pronunciaciones más diversas, la mitad de ella ininteligibles.  Hay dos madristas.  Son los únicos que no saltan, ni se frustran luego, cuando el Barca mete un gol que es anulado.  Excepto ellos todos los del bar parecen alentar a los de Pep.  Pep que dice terminado los dos tiempos: “sólo nos falta el gol, sólo nos falta el gol”.

En el entretiempo el bar se llena, parece que la gente va saliendo del trabajo y se detiene a ver el partido, a medida que pasa el tiempo hay más y más gente, ya varios miran desde afuera.

Pido otro café chico sólo y lo bebo sin azúcar mientras miro una póliza.

 El viejo se va y se sienta un tipo cincuentón, de esos tipos que desagradablemente empiezan conversación sin que nadie se las pida, y solicita un estado de situación. Pero es un outsider no sabe que es la final de la Copa del Rey.  Los muchachos que han suplantado al oficinista que parece haber cerrado operaciones y se ha marchado le contestan y le dan su punto de vista sobre el partido.  El tipo agita las manos y pregunta más como si entendiera algo, cuando no hace más que demostrar que no entiende nada.  Yo no entiendo por que se ha sentado a ver el partido, o puede que se haya metido en el bar sin darse cuenta, tiene pinta de boludo, y ya en él haya sentido la necesidad de integrarse a la situación.

Comienza el segundo tiempo y permanezco impertérrito y serio, sin hablar, sin embargo toda la concentración no me sirve de nada por que viene ese gol estupido del estupido ese que hace publicidades de calzoncillos, casi sobre el final del alargue.

El viejo que había salido vuelve y encuentra su mesa ocupada y da vueltas contrariado. Los viejos suelen ser tipos que viven contrariados.

Los dos madristas se levantan a gritar el gol, pero viendo que no son acompañados por el resto se sientan en seguida, uno de ellos lleva una camiseta negra con el nombre de Cristiano en la espalda. No entiendo por que la camiseta es negra. Bueno, no se mucho sobre las camisetas del Madrid.

Ya se ha hecho de noche.  Hay más gente circulando por las calles, hay más gente esperando los colectivos. Miro la vidriera del negocio de licores que está antes del correo y recuerdo una vez más que mis reservas se están agotando, pero no hay remedio. No hay posibilidad de aumentarlas por el momento.

Partido de mierda. Como estoy un poco contrariado tomo el colectivo diferencial.

Nunca habrá otro como el seis a dos visto en un bar de Zaragoza, sobre eso tendría que escribir un cuento.