domingo, 22 de mayo de 2011

El hombre que quería eliminar la líbido


El hombre que quería eliminar la libido

Después de varios traspiés en sus experiencias con mujeres decidió que tenía que eliminar la libido de su vida. Era la única forma, pensó, en que volvería a ser soportable.
Poco a poco las cosas le dejaron de interesar.  Trabajar.  Luego ir al cine. Luego Leer. Luego dibujar. Finalmente un día le dejo de importar vivir y murió. Los médicos no pudieron descubrir la causa y dictaminaron “muerte natural”.

Roberto von Sprecher

Federico R. me aconsejo que escribiera una novela sobre este tema. Quedó un poco más corto. Es que no me interesa demasiado escribir una novela.


jueves, 19 de mayo de 2011

Tratando de ponerlos en un sólo lugar se me borraron varios links, menso... inmigrante digital... ya las voy a ir reconstruyendo. rvs

lunes, 9 de mayo de 2011

http://es.wikipedia.org/wiki/Carlos_Trillo

Carlos Trillo (Buenos Aires, 1 de mayo de 1943 - Londres, 9 de mayo de 2011) fue un reconocido guionista de historietas y escritor de Argentina.

sábado, 7 de mayo de 2011

Historia de Ana


Historia de Ana

No se por que me sigo encontrando con Hugo una vez por semana.  Por casualidad o por que llama o por que lo encuentro en la peatonal o en el bar de El Ateneo o en el Vía Veneto viendo un partido, pero creo que es raro que pase una semana sin que me lo encuentre. 

Nos sentamos en un bar o una confitería.  Me pregunta que estoy haciendo o que estoy leyendo pero nunca le presta atención a lo que contesto, ya se que va a hablar de él, que va a escucharse él y que yo como un boludo también lo voy a escuchar.  Los bares no tienen demasiado en particular. En El Ateneo hay gente que va hacerse la culta, no hay televisores, van a mostrarse o no, es más caro que Vía Veneto que tiene cinco o seis televisores y es buen lugar para ver los partidos de la liga española o la liga inglesa. Es un bar de viejos, en los setenta estaba de moda y, supongo, que más caro, pero los de los setenta ya son todos viejos y es un bar de viejos, si entra alguien joven es por equivocación. Es más casi todos los que van se conocen.  Tratándose de bebidas alcohólicas, aunque las haya, rara vez he visto que alguien pida más que cerveza. En realidad una vez un grupo de españoles se tomo seis botellas de vino, pero eran muchos e iban a ver un partido de Barcelona-Real Madrid. Pero me pongo a hablar de los bares para no hablar de Hugo.

Me hace acordar ese episodio de una de las primeras temporadas de Seinfeld.  Del “amigo”, de diez años, de Seinfeld que es hartante y que sólo se escucha a sí mismo y del cual Jerry no quiere seguir siendo amigo… Cuando se decide a decirle que lo de ellos “no funciona” el tipo se larga a llorar y seguirá arrastrándolo como una pesadilla semanal de por vida. Así es con Hugo.

Podría llevar un grabador digital oculto y grabarlo y después hacer “Las Crónicas de Hugo” que, por supuesto, serían un fracaso.

Pide cerveza. Pide Stella Artois. Yo tan temprano no me banco la cerveza, pido un café chico sólo.

       -   ¿Te acordás de cuándo estábamos en la Cátedra?   Sí, maldición, como no me voy a acordar, desde entonces lo vengo aguantando. Entonces tenía que aguantar sus clases donde principalmente hablaba de sí mismo y yo me hacía el boludo cuando los alumnos me miraban como diciendo “¿Qué le pasa a éste?”.

Toma la cerveza despacio y va contando y me mira como reclamando atención.

-         ¿Te acordás de Ana?  Que fue una de las adscriptas que tuvimos en mil nueve ochenta y cinco y mil nueve ochenta y seis...
-         ¿Ana?  Pregunto pero me acuerdo bien.  Ana era tan linda que hasta los alumnosrompían el protocolo y me decían que estaban enamorados de ella.  Pero me la veo venir, me la veo venir… Me va a contar una historia que supone que tuvo, o que cuenta que tuvo con Ana.  Se lo tendría que decir, decirle que me lo veo venir, pero no le digo nada. Soy más boludo que Jerry.

No contesto y espero que largue la historia y que termine pronto y tengo que tomar mi café por que si no se va a enfriar.  Entonces me cuenta que una noche fue a lo de Ana a ayudarle a repasar la clase que tenía que dar la semana siguiente y que como tenía unos discos, vinilos se diría ahora, de “La Máquina de Hacer Pájaros”, que el no tenía, se llevo unos cassettes para grabarlos, por que Ana tenía guita y tenía un equipazo con bandeja giradiscos y pasacassettes.  Eso es cierto tenía un equipazo de música.

Miro el reloj y pienso que todavía hablará una media hora y que tendría que estar yéndome, pero temo que se largue a llorar, o peor que haga una perorata respecto de que no me interesa lo que está contando.  Bueno sí… que se queda a comer… bueno que “ya sabés como son estas cosas” y termina cogiendo toda la noche con Ana.  Finalmente a los cuarenta minutos me puedo ir tras cinco minutos de dar excusas.

En realidad no recuerdo por que había ido al departamento de Ana.  Era el departamento nuevo en el centro. No el que tenía antes donde una vez encontramos una tuca reseca dentro de un Código Civil.  Se había mudado hacía poco y todavía no habían cortado el cable al que estaba abonado el anterior inquilino.  En esa época casi nadie tenía cable y nos colgamos, sentados en el borde su cama, tenía una cama de dos plazas, viendo una película.  Se hizo tarde y los colectivos a esa hora pasaban muy espaciados.  Me dijo que me acostara en la otra pieza donde tenía una cama de una plaza con un acolchado buenísimo, tampoco teníamos acolchados como los que tenía ella entonces. Por algo no siguió con la docencia, estaba haciendo buena guita, su laburo no le disgustaba y no le quedaba tiempo.  Yo que soy un flor de boludo he seguido con la docencia hasta hoy.

No me podía dormir aunque me había levantado muy temprano y escuchaba como Ana se había puesto a ver otra película. Me había dicho que al otro día se tenía que ir temprano a Río Tercero.  Finalmente me levanté y asomé la cabeza por su puerta.  Estaba sentada, tapada con la colcha, me hizo señas de que pasara, me dejo la mitad de la cama y me puse a ver la película.  Era una película griega en blanco y negro, nunca logré saber que película era.  Lo que alcance a ver mostraba como en un pueblito de pescadores repudiaban a una mujer que se estaba acostando con un forastero y la perseguían por la costa al grito de “! Adultera ¡”.  Más allá de que pueda sonar interesante era una boludez y sin embargo seguíamos viéndola.

La luz del velador estaba prendida y en un momento nos miramos con cara de “qué pelotudez estamos viendo” y terminamos besándonos en la boca.  Primero suavecito y después no.  Me acuerdo que me dijo que besaba muy bien y en joda me preguntó cómo había aprendido, y le contesté como Woody Allen  en “La última noche de Boris Grushensko”: “Es que práctico mucho sólo”.

Yo sabía que la primera vez nunca acababa y no me preocupe por no tener forro.  Ana decía mi nombre mientras cogíamos lo cual me parecía raro siendo la primera vez, y fue la primera y la última.  Ella acabo dos veces y me pidió que parara, yo sabía que podía seguir toda la noche, aunque me iba a acalambrar y que no habría forma de terminar.  Entonces me baje besando la conchita, era una de esas conchitas metidas para adentro. La acaricie y después le separé las nalgas.  Eran blancas y tenía un ano diminuto.  Me reí, por un chiste que ambos conocíamos, y afirme que nunca lo había hecho por la cola.

-         ¿Cómo estás tan seguro?
-         Sí… estoy seguro.

Se río y seguimos jugando un buen rato, nos dormimos en la madrugada y al otro día yo falté al trabajo y ella no fue a Río Tercero.  El jueves, después de clase, me llevó en auto, también tenía auto, hasta la puerta de mi edificio.  Nos miramos y nos reímos.

-         ¿Y ahora?
-         Ahora nada…
-         Ehh… Entonces por que cogimos la otra noche.
-         Tenía curiosidad de coger con vos. Quería coger con vos. Una vez.