sábado, 5 de febrero de 2011

LA CASA ENTRE LOS ARBOLES


La casa entre los árboles

El dice que en el verano en el campo hace más calor que en el pueblo y que en el invierno hace más frío. Dice que lo puede demostrar.  En cada punta de la glicina tiene un termómetro, uno en el sur otro en el norte. ¿No se por que no ha puesto otros en el este y en el Oeste? Después de todo no deben ser tan caros.  En cuaderno de tapas gruesas y papel verde con arañas tiene anotados día por día la temperatura a las ocho de la mañana, a las doce, y las seis de la tarde.  Una columna señala el día otra las horas con otra la temperatura en el campo, otras la temperatura en el pueblo. La escucha por la radio.

Ese verano hicimos una carrerita con la Eva hasta el tanque, sentíamos los píes volando sobre la arena caliente y nos apurábamos más. Creo que sólo me acuerdo de nuestros píes corriendo.  Ella trepó a la pila de ladrillos, apenas consolidada por un cemento mal puesto. Yo no me zambullí, me tiré nomás.

Al rato apareció la Zuni caminando despacio y marcando el piso con una rama, venía para el lado del tanque pero parecía que podía ir para cualquier otro lado.  A lo lejos en la glicina podía adivinar su sombra, sentado con una botella de cerveza negra sobre la mesa, mirando para el otro lado, para el sur.

La Zuni era cuatro años más grande que nosotros.  Cuando llegó a la pila de ladrillos y se saco primero el vestido y después la bombacha y se metió así, desnuda… No quedamos apoyados en un costado del tanque mirándola, tenía las tetas más grandes que nosotros, nosotros teníamos apenas los pezones y además teníamos puestas las mallas.  Nos miraba y se reía y daba vueltas y vueltas en el agua. Al rato apareció Eduardo, parecía que iba a bañarse, pero miró y dobló para el lado de la casa.

Desde el camino lateral se veía la casa a unos trescientos metros, entre los árboles, un poco más atrás el molino y el tanque australiano y más allá los silos.  Para ver el frente de la casa había que entrar, pero estaba cerrada con candado. Había que tocar bocina y esperar a que él mirara y fuera a abrir, o que viniera uno de los peones a avisar que andaba en uno de los cuadros y que habría que esperar un rato.

Ese otro verano estábamos en la casa de Los Reartes. Yo había discutido con el Luis y caminábamos con Eva hacía los pinos y se hizo de noche mientras caminábamos. Yo no quería pensar y seguí caminado despacito.  Me tomó de la mano.

-         Espera que no veo nada.

Y después se puso atrás mío y me puso la otra mano sobre el estomago y fue bajándola despacito.


Desde el camino lateral apenas se veía la casa entre los árboles.  El decía que los veranos eran cada vez más calurosos.  Ese otro verano quien no hubiera escuchado el crack sólo habría visto que, en dos tandas, los loros barranqueros se levantaban de los árboles y se alejaban de la casa.


-  ¡Crack¡

No se veía nada y yo no estaba segura hacía donde debíamos ir para volver a la casa de Los Reartes.

Febrero 6, 2011

1 comentario:

rvs dijo...

Pablo: disculpa. Se me borró tu comentario. Si podés mandamelo de nuevo. Gracias. Roberto