jueves, 5 de agosto de 2010

30 años (primera parte)



30 AÑOS (primera parte)

Treinta años después me enteré que había pasado realmente el día en el cual pensé que Mirta me había dejado.

En algún momento de 1977 ella vino, a Córdoba, con su madre y sus hermanas y pararon en la casa de una tía que vivía en un barrio, cuyo nombre no recuerdo, a la izquierda de la Avenida Fuerza Aérea.  Me había avisado y mandado la dirección en una carta. Desde que había salido de Comodoro Rivadavia intercambiamos cartas, las mías eran larguísimas, veinte, veinticinco paginas.

Cuando toque el timbre Mirta no me hizo pasar y salió a charlar conmigo a la vereda, también salieron las hermanas.

La primera vez que registro a Mirta en mi memoria fue en un baile que organizaba algún grupo del Colegio Nacional Perito Moreno, puede que fuera una especie de galpón sobre la Avenida San Martín.

Empecé a dar clases en el Colegio Nacional en el segundo semestre.  Había quedado vacante la materia de Instrucción Cívica en uno de los cursos y, nada sutilmente, las autoridades del Colegio pidieron al Comando del Ejército si podían mandarles un profesor.  Yo estaba haciendo la colimba y mi destino era en la oficina de un Teniente Primero Abogado, en la cuál hacia poco y nada. Cuando, parando la oreja, me enteré de que nadie quería hacerse cargo de la materia hablé con el Teniente Primero Abogado, que era un petizo, que se peinaba con una tonelada de gomina, y me llegaba un poco más arriba del ombligo. Alegue que no tenía un peso y vaya a saber que más. Luego de rendir muchas materias en la Universidad, ya me había recibido de abogado, mi capacidad para la improvisación, la simulación y el guitarreo estaban altamente desarrollados. La cuestión fue que terminé dando clases de Instrucción Cívica y ello fue una bendición por que podía escapar algunas horas de la oficina y por que volví a estar entre civiles. Yo tenía 24 años y mis alumnos rondaban por los diecisiete, pronto nos hicimos amigos y empezaron a invitarme a todas las reuniones y fiestas que hacían. Mirta era alumna de otro curso, pero al principio ni sabía que existía.

No recuerdo como, en aquel festejo en el local sobre la calle San Martín, terminamos bailando juntos.  Bailamos un rato largo, o en mi recuerdo se ha convertido en un rato largo.  En un momento mis lentes volaron y cruzaron entre los pies del resto, milagrosamente sin romperse.  Algo me debe haber dado confianza para contarle que había escuchado que en la cancha de Nueva Chicago, hoy no se si era un dato fidedigno, la hinchada había cantado: “Con la loca y con el brujo/se comía que era un lujo/qué vuelvan los ladrones ¡/qué vuelvan los ladrones”.  De esa noche recuerdo su sonrisa, sus ojitos… ni recuerdo como nos despedimos, pero me dio su dirección. Vivía en la zona del Regimiento, subiendo al norte, cerca de las caballerizas. Y en las caballerizas trabajaba Carlos Merlo, con quién compartíamos una habitación en la enfermería del Liceo Militar.

Hace pocos días, mientras los chicos –el Laucha, Lautaro, la Nacha y la propia Sol- pintaban y yo improvisaba, conté dos o tres anécdotas. Sol me digo que eran todas historias de amor.  Me he quedado pensado varios días en eso. Casi todas las historias que cuento, no sólo las que escribo, son de una u otra forma historias de amor, de amores, de situaciones parecidas al amor… de desencuentros que son una variante dentro de las historias de amor.

Me parece que el galpón estaba bastante oscuro y que apenas nos escuchábamos, girábamos y girábamos, y teníamos que hablar a los oídos, recuerdo también mi mano rozando su cintura.

Un sábado fui a las caballerizas con Carlos, que era primo de Gorriarán Merlo (no era fácil ser primo de Gorriarán en 1976, por eso lo habían mandado a Comodoro), y a la hora de la merienda baje unas cuadras hasta la dirección que me había dado Mirta.

Treinta años después Mirta me contó en un mail que ese día, en Córdoba, me había atendido en la calle y me había tenido que decir adiós y volverse a la casa, por que dentro la madre y la tía estaban montando toda una obra sobre lo peligroso que era que volviera a salir conmigo por “vaya a saber en que andaba”.  Para entonces ya me estaba creciendo el pelo y la barba.

No lo supe y apenas volví a escribirle. Las cartas fueron cada vez más cortas, aunque alguna vez me recordara cuando yo le escribía cartas larguísimas.

La última imagen de Mirta en Comodoro fue desde la ventanilla del avión, se iba del hall central, acompañada de una hermana, con la cabeza baja, al parecer llorando.

Robertovs  Agosto 5, 2010.