lunes, 12 de julio de 2010

DICE LAURA QUE NADIE SE MUERE DE AMOR


El día en el cual, luego de dos años, finalmente le dije a Alicia que la quería, ya era de noche e íbamos caminando por una calle lateral a la Valparaíso en Barrio Jardín. El cielo estaba cubierto de nubes negras, relampagueaba y se oían algunos truenos.


La acompañe hasta la puerta de su departamento, y volví lentamente con la cabeza gacha y como si los hombros me pesaran mil kilos. Finalmente no llovió. Entré por el pasillo de departamentos horizontales donde vivíamos y no pude entrar a la casa. Me senté en el suelo al costado de la puerta en silencio, más tarde comencé a llorar despacio primero, luego inconteniblemente.


Al rato salieron Moncho y el Flaco, me levantaron por las axilas y me metieron a la casa casi arrastrándome. Trataron de consolarme con pavadas del tipo de “ninguna mina vale la pena lo suficiente como para llorar por ella” y no recuerdo que más. Finalmente me acostaron en mi cama, en la parte de abajo de la cucheta de la pieza grande.


Durante toda esa noche me concentré en desaparecer, en esfumarme. Miraba fijo a la cucheta de arriba y me esforzaba por dejar de estar allí, o en cualquier otro lugar, para siempre. Finalmente cuando ya empezaba a clarear me dormí un rato.


Seguí en la cama, durmiendo o tratando de esfumarme durante tres días, sólo me levanté para orinar. Algunos de los amigos de los otros departamentos pasaban, me ponían un rato un mano en los hombros como consolándome y luego si iban como si hubieran visto a un bicho raro.


No logré esfumarme y luego de tres días me levanté y me hice un té y encontré unos pedazos de pan duro para remojar. No recuerdo mucho los días siguientes, escribí una historia que años después destruí. Empecé a ir de nuevo al comedor universitario.