miércoles, 17 de marzo de 2010

FORD 35. VERSION CORREGIDA Y AMPLIADA. PRIMERA PARTE.

FORD 35


La Ruta 22 comienza algunos kilómetros después de Bahía Blanca, desprendiéndose del camino que se dirige a Carmen de Patagones, la Ruta 3, cruza el apéndice sur de la Provincia de Buenos Aires y luego un triangulito de la provincia de La Pampa –Departamento de Caleu Caleu- . Atraviesa el Río Colorado y entra en la provincia de Río Negro. Apenas se atraviesa el puente se encuentran la población con el nombre del río, hasta 1967 la ruta cruzaba por el centro, ello dejó de ocurrir cuando, en 1967, se terminó de asfaltar una tremenda línea recta que unió Choele Choel con Río Colorado.


Antes, la Ruta 22, terminaba en la frontera con Chile, en Pino Hachado, pero con algunos cambios de jurisdicciones y denominaciones, hoy termina en Zapala en la provincia de Neuquén. En la desolación del viento arrastrando arena.


La ruta 22 todavía pasa delante la chacra en la que nací y viví hasta que me vine a estudiar a Córdoba. En la tranquera que da a la 22, en 1958 esperé a Don Barilá y Doña Barilá, director y maestra de escuela rural, que además transportaban algunos de sus alumnos y que me llevaron para mi primer día en la primaria, en una época en la que –por suerte- no existía el Jardín de Infantes.


Con la inauguración del asfalto de Río Colorado a Choele se redujo en 25 kilómetros ese tramo de la 22 y se redujeron a la nada a una serie de poblaciones o caseríos que ya pocos deben haber sentido nombrar: Benjamín Zorrilla, Fortín uno –sin ninguna referencia en Internet- , Pichi Mahuida –siete habitantes según el censo del 2001-, Juan de Garay –de la que sólo parece quedar el 8138 de su código postal-…


Desde Choele Choel, la 22, sigue su recorrido cerca del río y, luego, por la meseta hasta la bajada de Chichinales –donde, cuando tenía catorce años, se mató el Pocholo en un accidente- desde se observa una panorámica del Alto Valle de Río Negro y Neuquen. Por unos algunos kilómetros se terminó el desierto. Atraviesa el Río Limay luego de Cipolleti y entra en Neuquén, vuelve a salir del valle y se interna nuevamente en esa meseta desierta que constituye la mayoría de la Patagonia.


¿Por qué me he puesto a reconstruir este trayecto de forma tal que, por momentos, me suena a guía caminera o algo por el estilo? La ruta 22 es parte importante de mi infancia y adolescencia, cuando los viajes a Bahía Blanca eran para mí un esperado acontecimiento. El verano pasado he podido ver desde la casa de mi infancia los autos y camiones que circulaban por la misma ruta, uno tras otro. Esto no podía hacerlo cuando era un niño o un adolescente, los manzanos y perales eran lo que yo veía. Hoy ya no existen. El mundo y yo somos otros y quiero saber quien era yo.


Hasta avanzados los sesenta, la ruta 22 era de tierra y pedregullo luego de Villa Regina, o de Chichinales, y hasta algún lugar de la provincia de Buenos Aires, Medanos posiblemente. Hasta que la ruta fue asfaltada viajar por ella hasta Bahía Blanca en auto era toda una aventura. Primero fueron los años en que yo todavía no comenzaba la primaria, cuando la abuela compró la casa de la calle Ingeniero Luiggi, y cuando cursaba la primaria. En Bahía Blanca vivían mi abuela, dos tías y los respectivos tíos y los respectivos primos. Aunque recuerdo a la tía Lilí, hermana de mi padre y la más joven, antes de casarse. Cuando lo hizo se fue a vivir al campo en Ombuta y mucho después volvieron a Bahía Blanca.


El viaje era mucho más tranquilo en tren, pero eso era cuando iba o volvía con mi abuela. Del viaje en tren recuerdo, sobre todo, el traqueteo del convoy cruzando, de noche, el puente sobre el Río Colorado.


El auto con el que atravesábamos la Ruta 22, desde la chacra en Allen hasta Bahía blanca, era un Ford 35. El auto de mi familia. Ya quedó claro que la mayoría del trayecto era de tierra. Inicialmente había que ir abriendo y cerrando tranqueras. Luego pusieron guardaganados lo cual permitía avanzar más rápido pero era más aburrido.


El viaje era más o menos largos dependiendo del estado del Ford 35 (si se hablabla del auto así se lo llamaba). A veces mi padre tenía que sacar la caja de herramientas y se ponía a improvisar arreglos. Supongo que muchas veces inventaba, pero lograba, tras mucho o poco renegar y transpirar, que continuara andando.


Cuando había llovido el camino solía enlagunarse. Largos kilómetros se convertían en un río que no corría y del cual, frecuentemente, no se veía el fin. La Ruta 22 era el lecho. Los autos iban deteniéndose al comienzo del guadal y la gente se bajaba y se paraba en la orilla. Yo me recuerdo, ya con pantalones largos, encandilado por el sol que convertía en inverosímil tanta agua acumulada, acomodándome el jopo y luego metiendo las manos en el bolsillo y estudiando lo que hacían los grandes. Miraban hacía el agua, conversaban, algunos preparaban mate. Mi madre sacaba el termo de café. Evaluaban la posible profundidad de los charcos, si habría barro profundo o si el fondo podía ser firme en algún sector. Algunos apostaban por el centro otros por los bordes.


Si aparecía algún vehículo cruzando el agua hacía la tierra firme, todos subían presurosos a los suyos, tratando de registrar el trayecto por donde había llegado, de interpretar los movimientos que todavía se percibían del agua. Finalmente, con la confianza de no estar solos, y de que eran varios los autos que podían intentar el rescate en caso de empantanarse, algunos intentaban el cruce. Otros, dubitativos se quedaban esperando y mirando expectantes, con la culpa de saber que demorarse podía significar que el barro se profundizara y no fuera posible cruzar.


Alguna vez alguien iba caminando adelante, descalzo y arremangado, buscando el trayecto más firme y menos profundo. En todo caso, casi todos, llevaban algún cable con el que se podía atar y rescatar al que se quedara varado en el agua. El resto del trayecto nos saludábamos al pasarnos unos a otros.


Si el fordcito se paraba en medio de la laguna, los chicos no nos bajábamos. Mi padre, como un héroe, afrontaba las aguas, levantaba el capot, y tarde o temprano lo hacía funcionar. A veces se bajaba mi madre, a veces empujaban los dos, pero los chicos sabíamos que permaneceríamos seguros dentro del auto sin mojarnos.
Cuando llegábamos a una parte seca y segura, nos arrimábamos al monte ralo y comíamos los sandwiches de milanesa. Mi madre repartía café en la tapa del termo. Si avistábamos algún zorro, mi padre sacaba el treinta y ocho de abajo del asiento y nos adentrábamos, solo un poco, en el monte y tiraba algún tiro. Yo era el más grande así que alguna vez me dejó tirar a mí.


No recuerdo que anduvieran autos ceros kilómetros. Hasta los sesentas no conocí a nadie que se hubiera comprado un cero kilómetro. La primera vez que hicimos el trayecto en un auto nuevo fue, si mal no recuerdo, con un Ramblert cajón de manzana, un compacto, según le decían. El primer cero kilómetro. El sistema se arruinó en ese trayecto, de Bahía a Allen, que mi padre cruzó a la velocidad que hubiera llevado en asfalto. Dijo que los autos nuevos no servían para nada, luego fue a reclamar a la concesionaria y al tiempo tuvimos un Ramblert boca de pescado.


Salvo mi padre, que le tocaba el papel de duro, todos lloramos cuando se vendió el Ford 35.