sábado, 2 de octubre de 2010

30 AÑOS


30 AÑOS
Reúno y vuelvo a subir en una entrada lo que había subido en tres partes bajo el título de arriba. Agrego una cuarta parte y me pregunto por qué demoré tanto y cuando volveré con la historia.  Como siempre no corrijo ni reviso… eso siempre queda para después, para el papel si alguna vez existe el papel.
(Primera parte)

Treinta años después me enteré que había pasado realmente el día en el cual pensé que Mirta me había dejado.

En algún momento de 1977 ella vino, a Córdoba, con su madre y sus hermanas y pararon en la casa de una tía que vivía en un barrio, cuyo nombre no recuerdo, a la izquierda de la Avenida Fuerza Aérea.  Me había avisado y mandado la dirección en una carta. Desde que había salido de Comodoro Rivadavia intercambiamos cartas, las mías eran larguísimas, veinte, veinticinco paginas.

Cuando toque el timbre Mirta no me hizo pasar y salió a charlar conmigo a la vereda, también salieron las hermanas.

La primera vez que registro a Mirta en mi memoria fue en un baile que organizaba algún grupo del Colegio Nacional Perito Moreno, puede que fuera una especie de galpón sobre la Avenida San Martín.

Empecé a dar clases en el Colegio Nacional en el segundo semestre.  Había quedado vacante la materia de Instrucción Cívica en uno de los cursos y, nada sutilmente, las autoridades del Colegio pidieron al Comando del Ejército si podían mandarles un profesor.  Yo estaba haciendo la colimba y mi destino era en la oficina de un Teniente Primero Abogado, en la cual hacia poco y nada. Cuando, parando la oreja, me enteré de que nadie quería hacerse cargo de la materia hablé con el Teniente Primero Abogado, que era un petizo, que se peinaba con una tonelada de gomina, y me llegaba un poco más arriba del ombligo. Alegue que no tenía un peso y vaya a saber que más. Luego de rendir muchas materias en la Universidad, ya me había recibido de abogado, mi capacidad para la improvisación, la simulación y el guitarreo estaban altamente desarrollados. La cuestión fue que terminé dando clases de Instrucción Cívica y ello fue una bendición por que podía escapar algunas horas de la oficina y por que volví a estar entre civiles. Yo tenía 24 años y mis alumnos rondaban por los diecisiete, pronto nos hicimos amigos y empezaron a invitarme a todas las reuniones y fiestas que hacían. Mirta era alumna de otro curso, pero al principio ni sabía que existía.

No recuerdo como, en aquel festejo en el local sobre la calle San Martín, terminamos bailando juntos.  Bailamos un rato largo, o en mi recuerdo se ha convertido en un rato largo.  En un momento mis lentes volaron y cruzaron entre los pies del resto, milagrosamente sin romperse.  Algo me debe haber dado confianza para contarle que había escuchado que en la cancha de Nueva Chicago, hoy no se si era un dato fidedigno, la hinchada había cantado: “Con la loca y con el brujo/se comía que era un lujo/qué vuelvan los ladrones ¡/qué vuelvan los ladrones”.  De esa noche recuerdo su sonrisa, sus ojitos… ni recuerdo como nos despedimos, pero me dio su dirección. Vivía en la zona del Regimiento, subiendo al norte, cerca de las caballerizas. Y en las caballerizas trabajaba Carlos Merlo, con quién compartíamos una habitación en la enfermería del Liceo Militar.

Hace pocos días, mientras los chicos –el Laucha, Lautaro, la Nacha y la propia Sol- pintaban y yo improvisaba, conté dos o tres anécdotas. Sol me digo que eran todas historias de amor.  Me he quedado pensado varios días en eso. Casi todas las historias que cuento, no sólo las que escribo, son de una u otra forma historias de amor, de amores, de situaciones parecidas al amor… de desencuentros que son una variante dentro de las historias de amor.

Me parece que el galpón estaba bastante oscuro y que apenas nos escuchábamos, girábamos y girábamos, y teníamos que hablar a los oídos, recuerdo también mi mano rozando su cintura.

Un sábado fui a las caballerizas con Carlos, que era primo de Gorriarán Merlo (no era fácil ser primo de Gorriarán en 1976, por eso lo habían mandado a Comodoro), y a la hora de la merienda baje unas cuadras hasta la dirección que me había dado Mirta.

Treinta años después Mirta me contó en un mail que ese día, en Córdoba, me había atendido en la calle y me había tenido que decir adiós y volverse a la casa, porque dentro la madre y la tía estaban montando toda una obra sobre lo peligroso que era que volviera a salir conmigo por “vaya a saber en que andaba”.  Para entonces ya me estaba creciendo el pelo y la barba.

No lo supe y apenas volví a escribirle. Las cartas fueron cada vez más cortas, aunque alguna vez me recordara cuando yo le escribía cartas larguísimas.

La última imagen de Mirta en Comodoro fue desde la ventanilla del avión, se iba del hall central, acompañada de una hermana, con la cabeza baja, al parecer llorando.

Robertovs  Agosto 5, 2010.

(Segunda parte)

Mirta decía, en alguna de las veces que la llamé después del 2003, que yo era complicado en la relación. Claro que no ha nadie se le ocurría en 1976 llamar a una relación relación.  Eramos novios.  La alumna que terminaba el quinto año del Colegio Nacional y el profesor joven, el abogadito, seguramente la identidad que dominaba cuando me denominaban era la de “colimba”. El colimba, el «soldadito» en el mejor de los casos, que no era de Comodoro Rivadavia y que pronto se iría y seguramente no volvería más. No era un buen partido, lo sabía, sabíamos que me iba a ir, pero eso no pudo evitar que me enamorara de Mirta.

La volví a ver, al poco tiempo, en el verano del año siguiente. Mirta me dice ahora que fue en enero de 1977.  Yo pensaba que había sido un poco después, estaba casi seguro de que recién a fines de enero volví a Córdoba después de estar en Río Negro.  Pero, puede que tuviera razón. Tenía que rendir las materias que me habían quedado colgadas y que se habían dado en el segundo semestre, luego de que Ciencias de la Información estuviera cerrada la primera mitad del año y cuando yo creía que iba a correr la suerte de otras, como Cine. El cierre. Había pensado seriamente, si la cerraban, en irme a La Plata para poder terminarla.

Pero, lo que siempre me he quedado pensando que el 2004 o el 2005 Mirta me dijo que yo era complicado en la relación. Y, ahora que lo pienso más, no fue por teléfono, como escribí al principio, si no en un mail.  Ya nos escribíamos mail y nunca más volví a escribir, a nadie, cartas de treinta hojas.

En algún momento del 2004, un sábado a la tardecita, en que estaba deprimido como uno suele estarlo los sábados a la tardecita luego de separase por segunda vez, busqué en Internet y encontré el celular de Mirta con su nombre de soltera.

La llamé y atendió Mirta y volvimos a escuchar nuestras voces después de unos 28 años.  Era la misma voz pero más segura, yo la pensé más triste, pero eso seguramente fue pura imaginación, me hablaba alguien que tenía la competencia para hablar tranquilamente con la gente modulando la voz y no la chica de 17 años del año 76.  Su marido había muerto. Viuda. Mirta que siempre había seguido teniendo 17 años.

Claro que después de 28 años sin hablarnos fue una sorpresa, sin embargo algunas cosas habían pasado entre medio.  En 1988, después de volver del centro con mi novia de entonces, la otra relación larga, y una amiga, encontré una nota debajo de la puerta.
No tenía teléfono, no usábamos celulares, ni todavía tenía computadora ni imaginaba que iban a existir los mails.

Mirta me escribe –ahora- que fue en 1984, pero en 1984 todavía estaba casado y vivía en Alto Alberdi.  Y la nota, tengo la imagen grabada, estaba debajo de la puerta del departamento de Güemes, sobre el piso de parquet.  Decía algo así como “Esta fue la última oportunidad”, una despedida, el nombre de Mirta…

Me senté confundido ante algo que no sabía resolver. Seguro hubiera querido verla, pensé que podía estar en lo de la Tía que vivía en Córdoba pero no recordaba bien como llegar.  Cuando en 1977 me había ido de esa casa, lo había hecho sin tener conciencia del recorrido, sintiendo que me habían apaleado. Estaba enamorado de otra chica, no había pasado por mi mente que Mirta pudiera aparecer un día.

Pero, una cosa está clara, luego de mi separación en 1985 le había vuelto a escribir. Ella ya estaba casada.

Luego de leer la nota, de releer y releer la nota, no hice nada, no se me ocurrió que hacer, salvo escribir, luego, esa carta que,  a la cual ahora –Mirta- se refiere en un mail: “y siguió tu recuerdo buscándome en 1984 cuando yo viajé a Córdoba y no nos encontramos, pero que respondiste a mi notita por debajo de la puerta, con una carta no tan larga explicándome que estabas regresando no recuerdo desde donde....y volvió tu recuerdo no hace muchos años cuando volviste a localizarme a través del teléfono....si, parece que es así....nunca olvidaste a esa Mirta de 1976.”

Como me ocurriera años antes, me desespera pensar que la historia podría haber sido otra, seguramente hubiera terminado, o no hubiera terminado bien. Nunca ninguna historia termina bien. Todas las historias se terminan en algún momento aunque tengan 3500 páginas.  Pero, un cambio en un punto, hubiera producido mil cambios después y hoy sería otro, estaría haciendo otra cosa y no tratando de escribir esto…

Ahora Mirta está en mi Facebook.  Y ha comentado la primera parte en el blog.  Siento como si fuera uno de los personajes de Niebla de Unamuno, que interpelaban al autor y que tanto me gustó en cuarto de la secundaria.  No es un personaje o en esta historia, que es una versión de versiones dadas vueltas durante años, puede que sea un personaje.

Continúa… RVS. Córdoba. Agosto 13.2010.

(Tercera parte)

Mi personaje me escribe mails y mensajes por el facebook, sube fotos recientes y dice que me va ayudar a tratar de recordar.  Esta tarde busque en el fichero durante un par de hora y termine encontrando cuatro fotos. Una, con el pelo bastante largo, que me saco Mirta en la playa (recuerda que íbamos a caminar a la playa del Km 3), una en el frente de su casa donde la estoy tomando por la cintura, otra de ella –tomada de lejos- con el centro  de Comodoro de fondo.  Una más grande, en blanco en negro, de su baile de egresados donde parece que estamos bailando y yo hago un gesto estupido con la boca.  Atrás me ha dedicado la foto.

Después del baile de egresados Mirta se puso mal y discutió con los padres.  Un poco histérica, creo que era porque querían que me llevaran al Liceo, yo pensaría irme en colectivo o a dedo… y no sé muy bien qué pasaba. Al final me llevaron hasta el Liceo.  Cuando paraba un auto en el frente todos saltaban, enfocaban con los reflectores y apuntaban y yo tenía que bajarme, rápido, gritando “AOR Roberto von Sprecher”.  Encima nadie debería entender el apellido. Casi todos esos colimbas eran porteños y me decían cordobés (aunque nunca había pensado que tuviera nada de acento).  Lo mismo pasó una vez que fuimos al centro a ver “La prima Angélica” de Carlos Saura. Le habían prestado el auto a Mirta y me dejó en la puerta del cuartel y a bajarme gritando, sin poder darle un beso de despedida.

El baile lo animaba una especie de disc-jockey que se suponía conocido por que tenía algún programa de radio popular entre los chicos.  El tipo era un fantasma pálido, vestido de gala, y con la piel blanca como un papel, como si hiciera muchos años que no veía el sol y se tomara medio kilo de cocaína por día.

Le escribo que no me puedo acordar como era el gusto de sus labios, el gusto de los labios son como los olores, mis recuerdos suelen funcionar por olores.

Uno de los mails lo he encabezado con “Mir dear” y dice que se acuerda que comenzabas mis cartas con “sweet dear” o algo parecido… si… “dear”.  A veces lo sigo usando. Se me pegó cuando contestaba “yea”.

Llamo a uno de mis hijos, y lo encuentro por fin, para ver si no tiene “Un mundo feliz” de Aldous Huxley, me dice que no… pienso donde puede estar y lo encuentro al lado de los juegos para la Play 2.  Tengo que pegar el lomo antes que se termine de desarmar… Siempre pensé que me lo había regalado Mirta para navidad y en la portada interior encuentro la dedicatoria que escribió. La leo y pienso que no sólo yo debía ser el complicado en la relación.  De entrada era complicada por no podía durar más que hasta fines de diciembre. El 28 de diciembre de 1976 tomé el avión en Comodoro y no volví nunca más.

Cambio al anteúltimo CD de Elysean Fields por Tommy de los Who. La de Mirta, a los diecisiete, es una letra clarita, precisa, pareja, entre imprenta y cursiva:

“Gracias: Por todo cuanto hiciste por mi, porque lo hiciste desinteresadamente.
  Gracias: Por comprenderme y escucharme.
  Sé que te recordaré y aunque me «obstine» en decir que «no», yo también te
  quiero. 
                                                          Mirta

Y se me cruza por la mente si no guardé tu nota del 88 en la caja de madera que está en el fondo.  Voy y rebusco en el fondo de la caja, pero es un dibujo de Barranca Yaco, la Villa. Pero encuentro otra cosa. En la playa de Km 3 habíamos encontrado una piedra roja, más o menos del tamaño de la falange inferior de un dedo índice, que abajo tenía marcado, perfecto un anillo, como si lo hubieran tallado a propósito.  Guarde la piedra, era mi recuerdo de Mirta, le puse un ganchito con poxipol y un cordón y la usaba, no todos los días, pero siempre que iba a rendir exámenes. Y apenas volví de Comodoro rendí y aprobé siete materias en un turno y gané la apuesta de que los alcanzaba en un turno a Aidé y a los del grupo con el que solía estudiar (medio desarmado, alguno ya no estaba).  El collar y la piedra empezaron a funcionar como amuleto y me lo pedían prestado para ir a rendir, funcionó hasta que Paco creyó que bastaba con la piedra y no hacía falta estudiar. Su efecto mágico terminó.  En el fondo de la caja es un recorte del Tiempo de Córdoba, del domingo 11 de diciembre de 1977, en el que hay una foto de “Raquel Weinstock: 25 años, puntana, casada, Letras” y en la foto Raquel tiene puesto el collar con la piedra de Mirta que se ve claramente contra su top un poquito más debajo de donde comienzan sus pechos (los de Raquel).  No se por que ponen casada, el marido vivía en San Luis…  La piedra se perdió en alguna mudanza o la agarraron para jugar y terminó enterrada en el patio.

Pero vuelvo a tu dedicatoria ¿Qué puedo haber hecho por vos? ¿Te acordás ahora por que escribiste eso?  Bueno que te escuchaba sí, que te comprendía supongo que un poco, que te quería seguro. Y “desinteresadamente”…. Tan desinteresadamente que nunca intente cogerte.  Me parecía que era muy cruel, si en poco tiempo me iba, que cogiéramos. Y seguramente fue una estupidez u hoy sería una estupidez.  En todo caso mi interés era en estar con vos, abrazarte… ¿Cuánto, tanto, cómo te besaba…?  En que lugar de mi cerebro está el registro exacto y como hago para recuperarlo.  ¿No me decías que me querías? Puede que registre tus miradas y sonrisas un poco socarronas como diciendo “se claramente en que estamos metidos y que te estas yendo”. Yo seguro era más boludo que vos. Siempre he sido el más boludo en toda relación. Bueno al menos me decís que me querías, cuatro días antes de que me fuera…

Ahora te acordás de las cartas largas y de que tenían dibujos. Me decís “Lástima que yo tenga varias mudanzas y muchas de mis cosas de la adolescencia están guardadas, no las tengo a mano como para revolver no sólo fotos sino tal vez alguna carta o dibujo seguramente guardados.” La primera vez que te llamé por teléfono me contaste que habías estado viviendo varios años en Ushuaia y que ese era el lugar que gustaba y donde tenías tus amigas…

 “Sí en cambio, tengo siempre a mano uno de los libros que me regalaste: "Todas las sangres" de José María Arguedas, que muchas veces he usado fragmentos, cuando daba historia en la secundaria; y que además tiene un poemita escrito por vos, en honor a mis 17 años, las fiestas de fin de año y la despedida....”. Te pido que me lo copies, vos en Rada Tilly, ahora, yo en Córdoba.

Ir y venir, me estoy mareando, son casi las doce de la noche, a las nueve me acordé que no había comido en todo el día y me hice unos mates  con criollitos. En tu perfil del Facebook escribís “Muchos proyectos que espero y confío la vida me deje realizarlos.”  Hoy pareces, como entonces, una optimista como si tuvieras un manual para levantar la auto-estima funcionando en tu cerebro. Al revés de mi…

Agosto 19.2010.

Cuarta parte

Ha pasado más de un mes desde que escribí la tercera parte.  Tengo algunos mails de Mirta, algunos con más información, que no he vuelto a revisar.  Un personaje, el que lucía la piedra enganchada a un cordón en el cuello me localizó y subió un comentario al blog.  Otro personaje que reapareció sólo después de treinta años, que quizás fuera personaje para otro cuento o para una entrada que puede ser un género que en algunos casos reemplace a “cuento”.

Pero, en realidad podrían preguntarse por qué dejé de escribir durante tanto tiempo, y yo me pregunto por qué comencé a escribir esta historia.  Posiblemente las respuestas se tendrían que relacionar.   Deje de escribir por cosas que me pasaron y que no podré contar, estoy seguro, hasta dentro de unos cuantos años, si es que vivo unos cuantos años.  Me pasaron cosas en el presente que me dejaron inmóvil, sin poder escribir, sin poder pensar mucho más que las cosas que me pasaban o más aún las cosas que no me pasaron.  Y en esa situación que me introdujo en otra dimensión, en otro espacio, en otro tiempo, en otro yo, me pregunté por qué había empezado a escribir esta historia que había ocurrido hacía más de treinta años y que, todo iba demostrando, poco tenía que ver con mi yo actual.  Claro que había una razón para escribirla que era que recordaba los hechos, los hechos más que los sentimientos precisos, detallados, con precisión. Podía reconstruir como fuimos el último día de clases en el Nacional, Mirta por una escalera y yo por la otra, los dos esperando encontrarnos y finalmente nos encontramos como si fuera el planeado montaje de una película ñoña, nos encontramos cuando podríamos no habernos encontrado y todo podría haber terminado allí.  Pero lo que no termino no puedo escribirlo ahora.  Es pasado, lo que alcanzo a reconstruir con precisión son hechos del pasado, lo que alcanzo a reconstruir sólo en grandes trazos son sentimientos del pasado, sentimientos que sólo quedan como recuerdos de sentimientos que ocurrieron en milnuevesetentayseis y en Comodoro Rivadavia.  
Los otros sentimientos están dando vuelta acá mismo, estoy tratando de aplastarlos y arrinconarlos, estoy tratando de dejar de sentirlo, de que puedan pasar a ser simplemente material para otra historia que pueda escribir en unos años si duro unos años.
Por eso quizás esa historia que había titulado 30 años quedé un tiempo esperando. Sé que alguna vez volveré para completarla, no sé si los personajes esperaran, seguro se diluirán en sus propias historias actuales.

Roberto von Sprecher. Octubre 2, 2010.
(Ale me dice que es el día de Donnie Darko porque es el día en que cayó la turbina del avión sobre la casa de los Darkos)

2 comentarios:

Mirta dijo...

Hola Ro: después de leer el cuento "recompilado??" me hiciste recordar una frase de Khalil Gibran:"El recuerdo es una forma de encuentro. El olvido es una forma de liberación."
Los personajes esperarán porque están dentro de ti y tú vivirás mucho aún para contarnos el final, o nos vas a dejar con la intriga?.Además optimistamente hablando "hay un tiempo para todo" ¿¿¿¿noooooooo???Es cuestión de saber esperar.
Gracias por esta historia.

rvs dijo...

Hola Mir: con tardanza por que el yahoo, que me avisa cuando hay comentarios, estaba mandado todos (los de los blogs de la facu también) a spam, así que lo ví de casualidad, junto a otras cosas del trabajo...

Volveré... ese cuento tiene que terminarse... ese cuento terminó de alguna forma en 1977, pero tengo que escribirlo.

No se si viviré mucho, pero seguro que sí para retomar la historia... es que a veces el presente se cruza, te pasa por arriba...

Cariños

Roberto