domingo, 2 de mayo de 2010

Ford 35.4.


FORD 35.4. 

Acabo de hablar con mi madre y me dice que lograron internarlo al Negro, pero que se escapó y se volvió a la casa.

Cuando vine a estudiar a Córdoba deje de ver a Lily, creo que durante años y no fui durante años a Bahía Blanca. También, salvo el primer año, iba muy poco a la casa de mis padres.

Creo, pero tengo que dejar al tiempo dar vueltas en mi mente para ir teniendo más claridad en los recuerdo, para poder precisar algunas de las cosas que hicimos el viaje que hicimos en algún momento del  primer lustro de los ochenta. Fuimos primero a Bahía, desde Allen, en un auto de mi padre y manejaba Carlos, uno de mis hermanos. Pero todavía no puedo recordar que hicimos en Bahía.

Comienzo a recordar, un poco más, desde el momento en que salimos para Origone, adonde estaba o también iba Lily, y desde que nos detuvimos en la estación de servicio en que acostumbrábamos a cargar nafta. Creo que era “la estación de servicio El Cholo”. Allí encontramos a un ex alumno mio que estaba haciendo dedo para Puerto Madryn.  Era un petizo de Oncativo a quien recuerdo de los campeonatos interfacultades,  jugaba muy bien al fútbol.

Para llegar a las casa del tío Juan, luego de pasar por el costado la entrada a Origone y siguiendo el camino a Patagones, había que localizar –lo cual no era fácil- una salida de tierra a la izquierda, que en realidad se convertía pronto en unos medanales, cruzar las vías del tren e ir contando las huellas que salían a la izquierda.  Cada vez que íbamos nos tenían que repetir las instrucciones.  Finalmente, luego de ir con el auto de una banquina a otra buscando los lugares más estables -que además no tuvieran una zanja que hiciera tocar al carter del auto con la arena -que sin previo aviso podía convertirse en un montículo de tierra dura- llegamos a la tranquera. De allí seguimos, por una huella más precaria pero más estable, la casa se divisaba enseguida por que era un campo plano, yermo, de matorrales achaparrados y picos de loro.

Habíamos llegado temprano, pero creo que después del almuerzo. A la tardecita teníamos que seguir para Las Grutas, donde nos esperaban nuestros otros hermanos, Angélica y Paúl.  Apenas llegamos nos avisaron que el tío estaba en el tanque australiano de en un cuadro del campo bastante alejado de la casa, tratando de sacar un ternero que se había metido en el agua y que no podía salir sólo.  Para allí marchamos con mi hermano y con mi alumno. ¿No habría viajado Lily con nosotros?  El tío celebró nuestra llegada y mucho más cuando, con mucho esfuerzo y más que todo maña, logramos sacar al ternero del agua. El tío aseveraba luego, cada tanto, que llegamos como regalo del cielo, por que él nunca hubiera podido sacar al ternero solo.

Después, algunos, nos juntamos en la cocina a tomar mate.  Entre ellos estaba Lily y charlamos de cuando éramos chicos, de cuando íbamos siempre a Bahía y a Origone. Esa cocina me traía el pasado, pero también me traía el pasado de la otra casa y del otro campo en que había vivido el tío Juan y la tía Juana.  Las casas tenían diferencias pero de alguna manera habían vivido la nueva de tal forma que casi era como estar en la vieja. La cocina que era el lugar en que se estaba casi todo el tiempo cuando no se estaba afuera. Era luminosa y cálida. Los bancos largos, uno a cada lado de la mesa. El living, al que llamábamos “el escritorio”, y que no se usaba casi nunca, en el cual había algún sofá para cuando las camas no alcanzaban para las visitas, además había efectivamente un escritorio, sobre el cual se amontonaban papeles que eran difíciles de distinguir por que siempre estaba oscuro. No recuerdo haber visto a “el escritorio” con las ventanas abiertas. Luego, entre los dormitorios, el baño, frío aún en verano. Y las dos piezas, a la izquierda la de los tíos a la derecha la pieza de las visitas, que generalmente era sobrinos. Aunque en realidad la tía no era estrictamente tía por que era hermana de mi abuela.

En esa época yo, creo, que todavía fumaba Particulares 30, negros, que en algún momento cambie por los Parisiennes, también negros.  Fumaba mucho, pasaba poco rato entre apagar uno y prender otro.  Entonces Lily me miró, riéndose, y me dijo:
-         Fumas por histérico.
La miré sin entender.
      -     Estás fumando un cigarrillo que sacaste de mi atado de Jockeys y ni te distecuenta de que estabas fumando un rubio en vez de un negro.


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