domingo, 25 de abril de 2010

FORD 35. Otra parte, puede ser la segunda o puede ser la tercera.

FORD 35. Otra parte, puede ser la segunda o puede ser la tercera.


Miro mis zapatos y pienso que tengo siete años y que todavía no se atarme los cordones solo. De cualquier manera he inventado una forma, que me salva de los retos y de las burlas, haciendo dos lazos que se sostienen durante un rato, a veces hasta dos horas, si no me muevo mucho. Luego, cuando se desatan, me hago el disimulado y vuelvo a formar esos dos lazos flojos que no tienen el nudo secreto que mantiene firmes a los cordones de los zapatos. Hay un nudo secreto que se hace muy velozmente, pero mi mente no puede seguir el movimiento por el cual se constituye. A veces pienso que soy muy tonto, pero mis tías suelen decir que no, que está bien que lea mucho y me regalan libros para los cumpleaños. Pero a veces alguno me dice que me va a pasar como al Quijote.
Ya pasados los cuarenta Javier Cohen, cabalista, logrará explicarme teóricamente como se hace el nudo secreto, el secreto que todos debemos aprehender, y desde entonces sabré atarme los cordones. Tardé mucho menos en enterarme que le había pasado al Quijote por que busque la vieja edición que hasta entonces no me había llamado la atención. ¿Quién habrá comprado esos libros? Tiene que haber sido el abuelo que no llegue a conocer y que dicen que leía con una vela sobre el pecho. Era cuando todavía no había luz eléctrica en las chacras. Se que hay algunas novelas más nuevas que son de mi madre y libros sobre la guerra que son de mi padre. Y cada vez mis novelas van ocupando más lugar. En un momento tendré que amontonar cajones en la última pieza y acomodar allí mis libros y adornar las paredes con figuritas redondas de los jugadores de fútbol de primera pegándolas con engrudo.


Por ahora espero como el resto. Como los chicos y como los grandes. No hay adolescentes. Hay chicos y grandes. Tampoco hay viejos. Los viejos no deben querer viajar en la época en que se forman lagunas en la ruta 22, deben viajar en tren. De hecho cuando voy sólo con mi abuela viajamos en tren.


Todos esperan y los grandes conversan muy seriamente sobre como se puede cruzar la laguna cuyo fin no se alcanza a ver. Los grandes han dejado de usar sombreros, ahora algunos usan gorras. Ya son pocos los que hacen el viaje vestidos de traje y corbata. Ahora van de camperas. Las mujeres como siempre con vestidos largos, pero no tan largos como para que se embarren.


Los grandes conversan entre ellos y los chicos conversan entre ellos. Pareciera importante que las charlas no se mezclen. Pero cuando de un grupo de grandes, tu padre por ejemplo, te llama tenés que ir presuroso, no corriendo, por que también te pueden retar…
-¡Tené cuidado no vas a resbalarte y caerte en el barro!
… pero si presurosos.


Al Otito casi le han tirado de las orejas por ir corriendo. Dicen que su familia era la única que no estaba con los alemanes cuando la guerra. Años después escuché contarlo de otra forma, eran los únicos alemanes que no eran nazis y por ello algunos sospechaban que eran judíos. Pero mis padres decían que no eran judíos y que antes de tener hijos hacían jugaban largas partidas de loba los fines de semana. Cuando el Otito entró en primer grado sólo sabía hablar en alemán. Los que quedan ahora seguramente estarán orgullosos de que sus padres y abuelos no fueran nazis.


Cuando me llaman a mi ya se, antes de llegar, que mi padre me va a decir delante de todos los mayores que me miran serios
- ¡Sacate las manos en los bolsillos, por que sólo los vagos andan con las manos en los bolsillos!.


Siempre me olvido de hacerlo cuando me llaman. Las manos en los bolsillos me ayudan a pensar y me quitan el frío de la rodillas, con pantalones cortos y medias tres cuartos se siente mucho frío en las rodillas.


Después de llevarles el mapa que querían, tuve que ir hasta el auto para pedirselo a la mamá, me acerco al borde de la laguna. No por la ruta por que enseguida, además de los gritos que me pegarían, me llenaría de barro los zapatos, incluso manchando los cordones, me acerco dando un rodeo, trepando la cuneta y esquivando el monte ralo y espinoso. ¿Es espinoso el monte ralo? Nunca me he acercado tanto como para comprobarlo. Entonces miró, la laguna que no es más que agua barrosa que se va pudriendo minuto a minuto, vigiló que ningún grande me esté mirando, ningún chico tampoco por que son capaces de avisarles a los grandes y me interno disimuladamente en el monte.


Casi no hay piedritas como en la ruta cuando no se ha enlagunado, es tierra dura, aunque ahora hay algunas pequeñas lagunitas que deben haberse formado para acompañar la laguna. Camino esquivando los matorrales que tienden a ser redondos y a no alejarse mucho del suelo, los miro seriamente y no veo las espinas, y a medida que voy avanzando se va poniendo más tupido. Yo se que mi padre me diría que en está parte el monte es más nuevo por que allí pasaron las máquinas cuando hicieron la ruta. También me dice que a esa ruta la asfaltarán. Varios años después viajamos al norte, en otro auto, en un auto nuevo, y luego de Río cuarto comenzaba asfalto de una sola mano.
De cualquier manera en el valle la 22 estaba asfaltada. Delante de la tranquera teníamos asfalto.


Las conversaciones empiezan a dejar de escucharse. Me paro un rato, con las manos en los bolsillos, y escucho atento y sobre todo escucho el viento que hace shshshshshsh… shshshshshsh… Ahora estoy totalmente sólo no veo a nadie y no creo que nadie me pueda ver. Entonces me pongo las manos en los bolsillos y busco un pedazo de tierra seco donde sentarme, seco para que después pueda sacudirme el polvo, y no me reten cuando vuelva si es que vuelvo.


En algún momento siento frio, el shshshshsh del viento arrastra frío aunque me gusta el olor que lleva con él. Toda mi vida seré capaz de distinguir ese olor cada vez encontraré menos y menos. Debería haber traído el saquito de lana que me tejió la mamá en cuyo bolsillo estaba La isla del tesoro. Es pequeñito, pero tiene ilustraciones, las hojas son finitas y las letras también.


Pienso en La Hispaniola y en como he reconstruido la tapa del libro que ya se había gastado de tanto leerlo. He pintado el título con tempera negra en cursiva y luego he vuelto a pintar la figura del capitan Silver, con su gran sombrero negro, su loro y su trabuco. Me gusta como ha quedado. La tapa de cartón de atrás se ha perdido y he hecho una con cartón azul y he pegado cuidadosamente todo con engrudo. Yo diría que es un buen trabajo y que ninguno en mi escuela lo podría hacer, pero también se que ninguno en mi escuela se interesaría por leerlo.


A lo lejos alcanzo a distinguir un árbol. Un zorro se escabulle entre el monte y pego un salto pero igual sigo caminando hacía el árbol que está realmente lejos. Cuando llego es más pequeño que lo que parecía y tiene espinas. Los árboles con espinas, pienso, se han refugiado donde no pueden encontrarlos.


Escucho gritos a los lejos y pienso que me están buscando y que me van a dar con una varilla en la piernas y en la cola. Entonces me siento debajo del árbol, abro La isla del tesoro que me olvidé en la campera de lana y me pongo a leer.

dos

Si ahora intentaras entrar por mi ventana
diciéndome
te amo.. te amo
te diría
no te vayas a lastimar con las telarañas
y dejame terminar de escribir.
Te diría
sentate a leer un rato
y luego lo charlamos
Total no hay apuro
¿No?
Y sin dejar de escribir
te diría
podés escuchar mis canciones de Bob Dylan
si querés…

uno

Si intentarás entrar por mi ventana
diciéndome
Te amo.. Te amo…
te diría
no entres por mi ventana
que la podés romper.

miércoles, 14 de abril de 2010

OFF


OFF

Las pocas horas en que podía dormir y soñar, antes de volver a trabajar, eran el momento menos displacenteros del día.  Algunas veces las situaciones de sus sueños eran agradables, otras anodinas pero inofensivas, se movía entre lugares desconocidos entre desconocidos que inclinaban su cabeza, a modo de saludo, al verlo, o se detenían a charlar sobre cuestiones que nunca podía recordar.  En todo caso lo que solía molestarle era despertarse en la madrugada y comprobar que, como casi siempre las sabanas se habían salido de su lugar y se encontraba durmiendo sobre el colchón. El contacto con las sabanas limpias, con las sabanas que se esmeraba por que estuvieran limpias para la pocas hora de sueño constituían también una situación placentera.
En el sueño de esa noche estaba sentado, quizás delante de una pileta de natación, y tenía sed, entonces apretaba, apuntándolo hacía su garganta, un sofisticado aerosol que le daba un fresca sensación.
Allí despertó y se dio cuenta que lo que estaba apretando, con la boca abierta y apuntando a su garganta, era el aerosol de off para espantar a los mosquitos, el que solía ponerse en los pies antes de dormirse.  El gusto era amargo y repulsivo, se levantó de un salto, corrió al baño y vomitó lo que pudo en lavatorio. Hundió los dedos en la garganta y comenzaron las arcadas y vomito un liquido cuyo color no podía definir, un color desconocido. Las arcadas fueron cada vez más violentas hasta que termino vomitando sangre.  Se enjuagó una y otra vez la boca con agua caliente, al menos tenía agua caliente aquella noche. Como el gusto que le carcomía las papilas no se iba se lavó vigorosamente los dientes con mucha pasta dental con gusto a menta, luego se hizo gargaras con agua y la misma pasta dental. Finalmente pudo lavarse la cara repetidamente, mirarse al espejo y arrastrase a la cama.
Ni miró si el aerosol tenía indicaciones para caso de ingerirlo el liquido, se acostó respirando agitadamente pensando que en dos horas se tenía que levantar e ir al trabajo. Le dolía la garganta como si lo hubieran cortado. Durmió agitado y no volvió a soñar.  El gusto amargo siguió subiendo desde su estomago durante casi un mes.

imagen: http://labellainsomne.files.wordpress.com/2007/12/cama-deshecha.jpg