viernes, 25 de diciembre de 2009

El Viborazo (cuento de navidad)

EL VIBORAZO


Habían llegado a Córdoba, para estudiar en la universidad, el quince de febrero. El Cabezón y Mario eran de Trelew. En una pensión de Alta Córdoba habían conocido a Miguel, que era de Esquel, y habían decidido buscar un departamento en Barrio Jardín, cerca del comedor universitario.


Miguel ya hacía un año que estaba en Córdoba y era el guía. Cuando recorrían el barrio preguntando por departamentos para alquilar, Miguel le iban explicando como el avance del socialismo era inevitable y que Argentina lo sería en unos pocos años más.


Terminaron en Iponá, el barrio de al lado, y en la placita se cruzaron con un flaco, rengo, que vestía pijamas y llevaba un sachet de leche. Le preguntaron y les indico que a la vuelta había un lugar en alquiler.
El Flaco Cortona se convertiría, luego, en amigo inseparable de ellos hasta, que luego de dieciocho años estudiando se recibió y, gracias a las relaciones de un tío, se fue a trabajar de Secretario de un juzgado en el centro de Formosa, donde quedó enterrado por el resto de su vida.


Los atendió la hermana de Don Rodríguez que era el propietario de lo que antes había sido parte de una casa más grande y que para entonces eran dos piecitas pequeñas, con una viejas ventanas que uno y medio por uno, y un baño con ducha que se calentaba con kerosene. Cómo era muy barato arreglaron enseguida. Unos conocidos del padre del Cabezón les salieron de garantía. Compraron tres colchones rellenos de estopa, tres sillas y una mesa donde difícilmente podrían estudiar los tres juntos. Al mes pudieron comprar un anafe y una cocina que pusieron, sobre un cajón viejo, en la habitación de la entrada que se convirtió en living.


El Cabezón y Mario iban al curso de ingreso. El segundo día del curso bajaron en el centro y no pudieron encontrar la Facultad de Derecho, a pesar de dar vueltas durante dos horas. No preguntaron a nadie por que no querían parecer pajueranos. Finalmente se volvieron y dieron la clase por perdida en el espacio.


En realidad no tenían idea de que estaba pasando en el curso de ingreso. Durante la tarde daban vueltas por el centro. Y a la noche se juntaban con Miguel y dos amigas que vivían a la vuelta, más el Flaco Cortona, el Durmi y tres entrerrianos que vivían en un departamento al fondo, que también pertenecía también a Don Rodríguez. Se quedaban todas las noches charlando y tomando mate hasta que amanecía. Si hacía calor se sentaban todos en el cordoncito que daba a la vereda.


Por suerte para ellos se suspendió el cursillo de ingreso y entraron todos directamente. Ni siquiera se enteraron de las movilizaciones para que el cursillo se cancelara. Un buen día fueron a las clases y ya no existía más. Sacaron las libretas y ya fueron alumnos regulares.


Esa mañana de marzo los despertó temprano Miguel.


- ¡Vamos que se está armando!
- No Jodas que es muy temprano.
- ¡Dale que se van a perder la historia!
- ¿Estás en pedo? ¿Qué historia?
- Otro cordobazo. Se está armando otro cordobazo.


Finalmente se levantaron y salieron por las calles de la vía. Mario se puso lentes oscuros por que la luz le molestaba y una boina negra, como la del Che Guevara, que tenía desde que vivía en Trelew.


En las vías estaban armando una barricada. Los estudiantes llevaban los trastos viejos y gomas que sacaban afuera los vecinos, que aprovechaban para hacer limpieza. Paso un patrullero y tiro un tiro, todos se tiraron al suelo, pero se fue enseguida y hasta la noche, cuando llegó el ejército, no hubo presencia de la represión. Se arrimaron a la puerta de una casa donde una señora mostraba como la bala había dado cerca de la puerta, haciendo un agujero en el cemento. Alguno comento que era de una cuarenta y cinco. Meses después la mujer tapo el agujero con un timbre.


La barricada creció sobre las vías. Ellos sólo miraron, no por que no estuvieran de acuerdo, si no por que tenían demasiado sueño. Al mediodía pasaron por el almacén de El Mudo y compraron criollos y salame milán, volvieron a las piezas e hicieron una sanguchitos que acompañaron con mate. Luego se acostaron un rato en los colchones que estaban directamente sobre el suelo, sin sabanas ni colchas. Todavía hacía calor.


A las cuatro y algo de la tarde volvieron a salir. Todo estaba tranquilo. La barricada había dejado de crecer, de seguir haciéndolo se hubiera podido desmoronar. Y cuatro o cinco chicos y chicas daban vueltas cerca de ella como si fueran los responsables.


Había mucha gente en la calle. Caminaron cansinamente por la Valparaíso mientras Miguel le explicaba como aquello era parte del camino hacia el inevitable socialismo. A la altura de la San Juan empezaron a ver gente que iba llevando cajones de muebles, maderas, plafonds… Una chica les dijo: -Vayan que todavía quedan cosas.


Pasando la farmacia había un edificio de departamentos que estaba amueblado pero desocupado. Entraron y vieron mucha gente entrando y saliendo. Entraron por una ventana y el Cabezón observo: - ¡Camas! Justo lo que nos hace falta…


Cada uno saco un elástico de madera de las cuchetas que había una pieza y resoplando lograron sacarlas y emprendieron el camino hacia sus piezas. Iban contentos, pero se pusieron serios cuando vieron que en la entrada estaban sentados Don Rodríguez, su señora, la madre y la hermana, que los miraron serios cuando entraron.


Una vez adentro se pusieron a discutir:


- Somos unos boludos…
- Después va a venir la policía, o el ejército, y van a empezar a hacer allanamientos.
- Cuando nos encuentre los elásticos nos meten adentro.
- Mi viejo me mata.
- Encima nos ha visto todo el barrio y Don Rodríguez y su familia.
- ¡Qué boludos que somos!
- ¿A nadie se le ocurrió pensar lo que hacíamos? Si las hubieras llevado lejos de acá…


Finalmente salieron de nuevo cada uno con un elástico. La familia Rodríguez los miro sin decir nada. Los tiraron a la vuelta de la placita, en el medio de un baldío donde los yuyos tenían, al menos, un metro y medio de altura.


Sufrieron durante días pensando que en cualquier momento el ejército les tiraba la puerta abajo y se los llevaba. Pero no pasó nada. Al día siguiente de la historia de los elásticos llegó la policía y el ejército y desarmaron la barricada. Luego vinieron en un camión a limpiar.


A la semana fueron a lo del Flaco Cortona. Se sentaron alrededor de una mesa nueva, rara, no muy bien armada y tomaron mate.


- ¿Che Flaco y está mesa?
- La hicimos con tres elásticos de cama que encontramos en el baldío. Con lo que sobro fabricamos una biblioteca que está en mi pieza.