miércoles, 28 de octubre de 2009

CODIGO


Código

Apenas entre en la adolescencia y durante los veinte años siguientes, si uno, arbitrariamente, fijara el fin de eso que suelen denominar etapa, a los treinta, cometí tantas estupideces que me da vergüenza pensarlas y más aun trata de relatarlas. No eran las llamadas cagadas que suelen hacer los adolescentes, desde hacer añicos el auto del padre y salvarse milagrosamente saliendo por el único hueco que quedó en una masa de hierro retorcido. No tampoco fue que dejara embarazada a ninguna chica, lo cual justamente era imposible por el tipo de estupideces que cometía.
Por citar un ejemplo, estuve meses enamorado de una compañera de la primaria. La adoraba, para mi era un ángel, pero a medida que pasaba el tiempo no lograba avanzar en nada y me la imaginaba cada vez más perfecta. A la salida de la Escuela caminábamos hacia nuestras casas casi por las mismas cuadras, siempre por separado. Hasta que un día, con una decisión que me hizo transpirar en frío como si hubiera muerto le dije “voy con vos”. Y el pelotudo, el gran pelotudo, cuando iba llegando a la esquina donde los caminos se separaban no tuvo más feliz idea que preguntarle “¿No te querés ser mi novia?”. ¿Para que? Ni me miró, ni me contestó, siguió su camino y yo entré a mi casa con la cara tan roja que mi madre me tomó la fiebre. Seguí con fiebre durante dos meses esperando que me respondiera, aunque fuera un “no”. Un “no” hubiera significado al menos que me dirigiera la palabra, una palabra. Pero, termino el año y jamás me habló ni se digno a mirarme. ¿Debería haber acuchillado su corazón con un golpe certero, escalpado su cabello y tirado su cuerpo desmembrado y distribuido en bolsas para residuos de alta densidad, al medio del Río Negro, para que la corriente la arrastrara hasta el mar y fuera devorada por los tiburones? No lo hice. Qué desgracia que entonces no existieran Dexter ni las novelas del inspector Wallander.

Bochornos y bochornos, cuantas, negativas, cuanto desatino de enamorarme siempre de las personas equivocadas. Aunque luego tuve la certeza de que hubiera estado equivocado de enamorarme de cualquiera. No tenía posibilidad alguna.

Quizás por la falta de amores correspondido termine casándome con la primera que me dio bolilla, y para esto ya acaba de terminar la universidad. Luego llegue a la conclusión de que sólo había aceptado mi propuesta, y mantenido relaciones sexuales disimulando su asco en forma de fingidos orgasmos, para poder aprovechar la beca que acaba de recibir para ir a Italia, beca que incluía el pasaje y un sustancioso cheque de ayuda económica para la esposa. Por supuesto que apenas pasada la aduana la perdí de vista. ¿Debí ahogarla introduciendo su cabeza en el inodoro del avión y clavándole un alambre, que de casualidad estaba en el suelo en el cerebelo? ¿Debí haberla buscado y torturado durante interminables noches sin dejarla morir nunca?

De los treinta a los cuarenta viene una segunda adolescencia. Podría haber aprendido pero al parecer mi estupidez con las mujeres era congénita, genética se diría ahora. Aunque empecé a barajar las hipótesis de que las genéticamente cretinas fueran las mujeres. Pero ahora he visto las tres primeras temporadas de Dexter y la maldita rubia, que dice estar perdidamente enamorada de mi, no sabe el castigo que le espera por todos los crímenes que cometieron las que le precedieron. Claro que no es el código de Dexter, el mío es más complejo.

Foto Vivian Meir