viernes, 23 de octubre de 2009

RAFAEL (compilado completo)


RAFAEL

(UNO)

Ayer lo encontré en el centro. Parecía que caminara por una ciudad desconocida para él. Permanentemente miraba hacía los costados, hacia atrás, como sin hacerlo.
Nos abrazamos y lo invité a tomar un café. Creo que hacía algo más de diez años que no lo veía. Cuenta que viene al centro dos o tres veces al mes, hace los trámites lo más rápido posible y se vuelve. Su ropa parece vieja, pero no sucia ni gastada, parece de hace treinta años atrás.

Se está quedando pelado, no mira a los ojos.

Charlamos, pero no cuenta casi nada. Antes de irnos me dice que hace ocho años que Ana lo dejó y que todas las mañanas se despierta con lágrimas en los ojos. Invariablemente sueña sobre situaciones en las que estas ellos cinco, Ana, sus tres hijas y él. Las hijas van a verlo muy de vez en cuando.

Cuando lo veo irse no parece que fuera caminando por la vereda. Es como un fantasma imperceptible. (2007)

(DOS)

El año pasado, luego de casi diez años sin verlo, encontré a Rafael en el centro. Estaba totalmente cambiado, huidizo, fantasmal. Me contó que Ana lo había dejado hacía ocho años y que rara vez veía a sus hijas.
Me acordé de él por que tenía que ir a hacer una entrevista a barrio San Fernando. Yo había vivido diez años en ese barrio y salvo un par de veces, y de paso, no había vuelto. Rafael era el único de mis amigos que nunca se había ido del barrio ni de la ciudad. Revisé el mapa de la guía de teléfonos y el lugar adonde tenía que ir estaba cerca de la casa de Rafael. Busqué en la agenda el número de teléfono que me había dado el año anterior y llamé. Espere y nadie contestó, ni siquiera el contestador. Volví a llamar, no se por que, y todo fue igual. Sin embargo me había dicho que no salía casi nunca. En realidad me había dicho muy poco. Salvo que no estaba muy bien desde su divorcio.

Me bajé en la parada de San Juan y Valparaiso, para caminar un poco por los lugares en los cuales había vivido tantos años. En esa esquina habíamos hecho una barricada el 28 de junio de 1972. En lo que era un baldío había un supermercado. La calle no se llamaba más San Juan. Me metí en San Fernando y a las pocas cuadras, iba caminando despacito mirando y recordando sin demasiada nostalgia sin demasiado placer, pasé delante del pasillo que conducía al departamento de Rafael. Me detuve y dudé un rato, pero finalmente me interné en el pasillo. Si el barrio parecía otro planeta el pasillo estaba como hacía treinta y pico de años, hasta el aire parecía de entonces, pero envejecido.

En el pequeño jardín delantero crecían yuyos de casi un metro y las persianas estaban bajas. Pensé que se podía haber mudado, aunque me resultaba inverosímil, sobre todo luego del encuentro del año anterior, que Rafael fuera a moverse de allí. Apreté el timbre y lo escuche sonar. Si había luz eléctrica podía seguir ahí. Pegué la oreja a la puerta y me pareció haber escuchado un ruido casi imperceptible. Apreté el timbre de nuevo y entonces me pareció escuchar una silla que se corría. Entonces me prendí al timbre. Al cabo de lo que pudo haber sido un minuto, o dos, abrieron, apenas unos centímetros. Era Rafael que me miraba asombrado, temblando. Cuando vio que era yo abrió un poco más, pero mirando hacía atrás mío y hacía los costados como buscando asegurarse de que estuviera sólo. Vestía una camiseta vieja, unos vaqueros gastados y chancletas.
- Entra… Entra… Dale, apurate.
En cuanto estuve adentro cerró la puerta, le puso llave y dos trabas.
- ¿Qué pasa? ¿Tenés miedo de que te asalten?
- No. A mi no me van a asaltar.
Lo miré interrogativo.
- Vos sabes…
- Te llamé por teléfono más temprano.
- Escuche que sonaba. Si hubiera sabido que eras vos hubiera atendido. ¿Pero como podía saber que eras vos?
- Pero… ¿Para qué tenés teléfono si no lo atendés?
- Por Internet…
- Y la puerta tampoco atendés.
- Para que… Si nunca viene nadie.
- Pero, hoy vine yo.
- Me asustaste boludo.
El que me dijera “boludo” fue reconfortante, era como nos tratábamos cuando vivíamos ahí. Todos éramos boludos.
Decidí no insistir con lo del teléfono y el timbre. En el living estaba prendida una computadora y se olía a encierro y a papel viejo. Contra dos paredes se levantaban pilas de revistas viejas que llegaban casi hasta el techo. Casi toda eran de Columba, pero tres o cuatro pilas eran de Frontera. En el pasillo también se alcanzaban a ver pilas de revistas que por el grosor y formato me parecieron Primeras Planas.
- Todavía guardas las revistas que te regalábamos cuando nos íbamos del barrio.
- Algunos no tuvieron tiempo.
- ¿Pero que haces con todos estos papeles viejos?
- De esto vivo.
- ¿Cómo?
- Las vendo por Internet.
- Pero… ¿No trabajas más? No eras no docente en la Universidad.
- No… me jubilé hace cinco años.
- Cinco años. Si tenés la misma edad que yo y a mi me hacen falta siete años para jubilarme.
- Me jubilaron.
Me quedé mirándolo.
- Me jubilaron por invalidez.
Esperé callado a que me explicara, pero se quedo mirando en suelo y no me explicó nada. Al final me senté en la única silla que estaba delante de la computadora.
- ¡Cuidado! No vas a cerrar esa pantalla. Mejor no toques nada.
- No voy a tocar nada. Me quería sentar nomás. ¿Por qué no te haces unos mates?
- ¿Mates?
- Sí mates con yerba mate…
- Tenés razón, tenés razón… es una buena idea tomarse unos mates. Voy a lavar el mate y la bombilla y preparo unos mates.

(TRES)

Tomamos una docena de mates. La yerba era horrible. Miré el paquete, jamás había visto la marca.
- No es buena, pero es la más barata.
Dejé el paquete arriba de la mesada. Y tomé el último que era agua tibia en la que flotaban algunos palos.
- ¿Te vas a quedar unas horas en tu casa?
- Claro ¿Adónde voy a ir?
- Tengo que hacer una entrevista para un laburo de la facultad. Es a tres cuadras de acá. Tardaré tres horas, aunque a veces tengo que cortar antes y terminarla en una segunda… entrevista. Esperame que cuando termine paso de nuevo por acá.
- Claro… Sí, sí… Dale… Te esperó.

Apenas salí escuche el ruido de la llave y de las trabas de la puerta. Me costó un rato concentrarme pero finalmente logré engancharme e hice la mayor parte de la entrevista. De cualquier manera quedamos en hacer una segunda parte la semana siguiente. Me fui hasta el supermercado y compré dos paquetes de Estancia de la Merced, la única yerba que aguanta mi estomago sin que se me haga una ulcera, y una docena de facturas. No compré nada más por que pensé que Rafael se iba a poner mal. Iba a decir que no era un menesteroso, como cuando estaba quince días sin plata por que lo que le mandaban los viejos se le acababa. Pero, entonces al menos tenía seguro el abono del comedor universitario para todo el mes.

Apreté el timbre varias veces y grité que era yo. Se oyó el ruido de las trabas y de la llave girando y se asomó. Se había cambiado el vaquero por otro más limpio y puesto una camisa muy arrugada y zapatillas. Su aspecto había mejorado un poco. Se rió despacio cuando entré, pero no pude entender si lo hacía por que miraba el cambio de ropa o por otra razón.
- Ahora vamos a preparar un mate en serio.
- Dejate de joder, si yo tengo yerba.
- No te hagas problemas que la compré para mí. Después me la llevo. Las facturas son para comer acá. Yo preparo el mate. Te acordás como decía Máximo Mascheroni que había que preparar el mate. Son casi las mismas instrucciones que tiene el paquete. Llenar unas tres cuartas partes del mate, tapar la boca con la palma de la mano y darle diecisiete sacudidas para que la yerba, la parte más molida, la menos molida, los palitos si los tiene, se distribuya correctamente. Cuando lo das vuelta te asegura de que la yerba quedé inclina. Echas agua tibia por la parte que tiene menos yerba…
- ¿Alguna vez supiste algo de los Mascheroni?
- Estuve chateando hace un par de meses con Máximo. La hija más grande se recibió de Fisioterapeuta, la más chica creo que sigue estudiando. Está harto de trabajar de contador.
- ¿Y la mujer?
- Bien… supongo. No dijo que pasará nada.
- Digo… ¿Sigue casado con la chica que conocimos acá?
- Si sigue casado con ella. Percheroni ya se jubiló, aunque sigue trabajando particular. Hable por teléfono, la mujer –no me puedo acordar el nombre ahora…, era de Quilino- me digo que Percheroni se vivía acordando de la época en que era estudiante y vivía en Córdoba. Dice que vive en el pasado, que para él no había existido otra época mejor…
- Mirá vos...

Había lavado los platos y la cocina estaba más o menos ordenada. Me escuchaba con la cabeza un poco gacha y las manos entre las rodillas. Le cebé el primer mate.

- ¿Y tus chicas?
Levantó la cabeza y pareció que me miraba, pero la mirada me atravesaba y seguía.
- ¿Cuánto tiene la más grande?
- ¿Rocío? ¿Va a cumplir 17?
- Y no te viene a ayudar a limpiar alguna vez.
- No. No puede…
- ¿Cómo que no puede?
- Está viviendo con la madre en Barcelona.

(CUATRO)
- Está viviendo con la madre en Barcelona.

No le pregunto nada. Me he quedado mudo. Al rato me acuerdo y le alcanzo un mate. Ahora tiene la cabeza entra las manos casi contra las piernas y llora despacito. Se pasa la palma de la mano izquierda por los ojos y está tomando el mate un rato largo. Cuando me lo devuelve no me mira.

- Se fueron las cuatros hace ocho meses.
- Eso fue poco después de la vez que te encontré en el centro.
- Sí… Sí… Ahí ya estaban preparando el viaje. La hermana la llamó a Ana y le ofreció laburar con ella. Le esta yendo muy bien y necesitaba alguien de mucha confianza. Y vos sabés… Ana hacía como veinte años que tenía un simple en la facu y estaba agotada de andar corriendo de secundario en secundario. Con la escuela de las chicas, con las chicas, había muchos gastos, y a mi me habían jubilado.

En ningún momento me explica por qué “lo jubilaron”. Me devuelve el mate. Se levanta, como dolorido, se lava varias veces la cara con agua fría en la pileta. Después se seca con un repasador y se vuelve a sentar.

- No se… yo apenas puede darles un poco de plata paro los pasajes. Ahora he empezado a vender las cosas que he amontonado durante años para poder mandarles un poco de plata.
- ¿Pero… con el cambio debe ser medio imposible?
- No… esas historietas se venden bien. Las compran de Europa. No se si son argentinos… Supongo que algunos sí por la forma en que escriben, pero hay gente que escribe en francés, italiano, algunos en inglés. Las vendo, yo las despacho y tienen que depositar en una cuenta que tiene Ana en Barcelona.
- ¿Y cómo les está yendo?
- Bien… pero va a llevar un tiempo.
- ¿Y vos que vas a hacer?
- ¿Te parece que me puedo ir? Cuando me vean en la aduana me deportan. Además nunca podría juntar guita para el pasaje. Lo que me cobro de la jubilación es una mierda. Igual guardo algo y les mando cada tanto.
- ¿Y vos con que vivís?
- ¿Yo? Yo no necesito casi nada. El departamentito es nuestro… En comida no se gasta casi nada. Internet, los impuestos… Me arreglo bien.
- Pero, no pareces muy bien.
- ¿No? ¿Vos andás bien?

Me quedo pensando. Tomo un mate. Me apoyo en la mesada.

- No se… pensaba que andaba como el culo, pero me parece que estoy mucho mejor que vos. Si mis hijos se fueran a vivir a otro lado no se que haría…
- No se que haría… no se que hacer… me parece que no puedo hacer nada.
- ¿Y no se lo dijiste a Ana?
- ¿Qué le iba a decir que siguiera laburando acá, como una estúpida, para cagarse de hambre? No… no… les dije que se fueran.
- ¿Y ahora?
- No se… está bien, está bien que se haya ido. Yo me tengo que joder y no se como hacer para juntar más planta para mandarles. O si no hubiera sido tan idiota en la vida podría estar todavía con ellas o me podría haber ido a vivir también allá. Pero no les podía decir que se quedaran acá a seguir jodiéndose.

Me siento. Pongo a calentar más agua y cambio la yerba.

- ¿No te hacía mal el mate?
- No… esta yerba no me hace mal…. Sabés… yo también me separé… no me separé… Virginia me dejó… se fue y todavía no entiendo muy bien por qué. O sí… no se… sí se… soy un boludo, siempre he sido un boludo. Se fue por que soy un boludo, un reverendo boludo. Ahora laburo todo el tiempo, no salgo nunca salvo con los chicos… no tengo ganas de ver a nadie…
- Siempre laburasté todo el tiempo…
- Sí… como un reverendo boludo…


(CINCO)

Cuando me fui le dije a Rafael que en cualquier momento me daba una vuelta. Aunque sabía que no iba a hacerlo. El también prometió visitarme. Aunque también sabía que no iba a hacerlo.
En el colectivo pensé lugares comunes como que la vida que esperábamos tener en los setenta no era la que habíamos obtenido o que la vida no había resultado lo que nos prometían.
Entre a mi departamento y me dí cuenta de que estaba más despelotado y sucio que el de Rafael. Salvo yo nadie había entrado en él durante los últimos dos meses.
Antes que nada prendí la computadora y conecté Internet.

2009

Foto Vivian Meir

Faiscuento. Nunca más la vi.

Luego de la tercera vez que me desperté y volví a dormirme no pude recuperarla más. Era tierna, cariñosa y me abrazaba. Yo acariciaba su piel suave, despacito, amorosamente, con la yema de los dedos. Estaba preocupado por su ingreso a la facultad.

Ensayos pijoteros

Leer a La novela luminosa de Levrero me está haciendo bien. Hoy logré levantarme a las 17 Hs. Pero el mundo ha cambiado y parece que se viene el Apocalipsis: cuarenta grados.