sábado, 21 de febrero de 2009

GUSTOS SON DISGUSTOS

GUSTOS SON DISGUSTOS

Algunos lectores se darán cuenta inmediatamente que el título le da un toque intelectual al cuento y pensarán sobre quien escribió que los gustos son disgustos y demostró que sobre gustos se podía escribirse muchísimo. Bueno, para ellos será como un guiño, sentirán satisfecha su vanidad de conocer de dónde vienen esas tres palabras. Para otros lectores el título será anodino, yo diría un título medio amanerado si uno considera una conocida y bien fundada teoría sobre las narraciones cortas, derivada en casi todos sus puntos de los preceptos del fundador del cuento moderno Edgard Allan Poe, que sostiene que el título de un cuento debe ser algo tajante, fuerte y que, sobre todo, no debe adelantar al lector nada de la historia. Pero para aquellos para los cuales el título resulte insulso, que no descubran el guiño, el título no adelantará nada, o quizás al avanzar en el relato vayan descubriendo el sentido de las tres palabras aún sin tener idea del teórico que las escribió.

El título, con un cierto tufillo intelectual, pretende hacer una conexión dialéctica con la sapiencia que supo portar el protagonista de los hechos que voy a narrar. Hechos de los que he realizado una versión tratando de borrar la subjetividad que cargaban las versiones de aquellos que participaron en él y me lo relataron, o de aquellos que fueron testigos cercanos. El protagonista era colega de la Universidad Nacional de Villa del Rosario, aunque no desempeñaba la docencia en la misma unidad académica que yo. Digo mal cuando uso la palabra “era” porque sigue siendo docente, colega, aunque ya no salude a nadie. “Es” docente entonces, pero ya no es el mismo de antes por que se ha convertido en un maniático que desvaría en sus clases y termina siempre hablando de cosas distintas a las que debería enseñar, clases que dicta –es una forma de decir- con el rostro crispado, a los gritos –o mejor diría alaridos-, gesticulando y moviendo las manos como pastor evangelista –a los actuales evangelistas me refiero, y no a aquellos que incluyo Max Weber en su estudio-, transpirando, con los pelos parados y arrancándose la corbata, en el mejor de los casos. Famoso por haber destruido varios celulares de alumnos que, inadvertidamente, habían dejado encendidos en la clase. Los advertidos se aseguran de apagarlos, algunos han alcanzado a huir gracias a la velocidad que da la juventud, y otro han visto como el docente zapateaba sobre el aparato con sus botines negros hasta dejarlo convertido en una pequeña chatarra. De hecho el protagonista sigue siendo docente porque en su prestigioso pasado –donde siempre lo envidié por que logró todo lo que yo no pude alcanzar- llegó a ganar tres veces consecutivas el cargo de titular y lograr la tan anhelada estabilidad, algo absolutamente inédito –que se realizaran con continuidad cada concurso al vencerse el plazo del anterior- teniendo en cuenta la burocracia, ineptitud, mediocridad y clientelismo reinantes en la Universidad Nacional de Villa del Rosario. No quiero alejarme del tema dando mis opiniones, que en realidad no son opiniones sino hechos científicamente comprobados, sino volver y relatar la historia del Dr. Víctor García Martínez, que nada tiene que ver con quien fuera vice-presidente del Dr. Alfonsín.

Antes de llegar a los cuarenta el Dr. García Martínez se separó de la que fuera durante cinco años su esposa, sin que quedaran hijos del matrimonio, Adelma Havondeno, otra docente de la Universidad Nacional famosa por dedicar más tiempo al pleito y a la difusión de insidiosas falsedades sobre sus colegas que a la docencia y a la investigación. Hasta tal punto esto era notable que sus auxiliares, cuando no estaban delante de ella, cosa por otro lado excepcional, la llamaba “1° de mayo”. Todos entenderán el mote fácil y obvio, no por fácil falso. Nunca nadie entendió como llegó a producirse un enamoramiento y un matrimonio entre esos dos seres tan diferentes, aunque casi todos sospecharon que era una maniobra de Adelma para usufructuar el prestigio y las relaciones del Dr. García Martínez. Claro que no debe haber tenido en cuenta que este último jamás entró en las redes del clientelismo y del intercambio de favores reinante en la Universidad Nacional y que no cedería en su conducta ni aún para hacer un favor a su esposa. La cuestión importante que a los cinco años de crispada convivencia el Dr. García Martínez, felizmente, se separó. “Felizmente” por que se sintió muy feliz por aquello, que para el fue una liberación, el perdón a un error que iba contra toda su sapiencia de investigador, a pesar de que –para poder lograr el acuerdo para el divorcio- tuvo que vender la aristócrata mansión que había heredado de sus padres y dar tres cuartos del dinero a Adelma, que finalmente obtuvo un buen rédito a pesar de que el matrimonio no le fue útil para lograr los avances que no podía lograr en lo académico por su ineptitud y por ser detestada por la mayoría de la comunidad universitaria. Me he extendido demasiado sobre algo lateral, lo importante es la casa que adquirió -con el cuarto que logró conservar de la venta-, donde la adquirió y los sucesos que a partir de ello llegarían a desencadenarse.

Pero, para que se entienda la casuística, debo referirme a algunas características, anteriores, del Dr. García Martínez, a algunas particularidades de su carácter y de sus relaciones con la gente en general. Justamente era una persona afable, amigable, conversadora, y capaz de mantener una conversación atractiva tanto sobre la ontología en el primer Foucault, como sobre el gobierno de la ciudad y lo más conveniente para los ciudadanos, como sobre como el calor reinante puede derivar en una tormenta de funestas consecuencias.
Pero lo más relevante es que esa conversación la podía mantener con cualquier persona de cualquier clase social, podía desarrollarla tanto con un prestigioso pensador que visitara la Universidad Nacional desde el exterior –cuando los visitantes eran extremadamente prestigiosos le pedían a él que los recibiera y acompañara-, como con un colega, con sus alumnos, con los ordenanzas, con el cuidacoches, como con cualquier persona. Su visión progresista sobre la sociedad no se traducía en programas sino en su capacidad para confraternizar y relacionarse sincera y horizontalmente aún con aquellos más desgraciados en la escala social. Claro que nunca dejaba ir las relaciones a un punto tal que tuviera que exponer su vida privada, o dicho de otra forma nunca dejaba que la relación se convirtiera en, por ejemplo, una intima amistad. Pero era tal la admiración y encantamiento que suscitaba en sus interlocutores que ello a nadie le molestaba.

Bien, creo que voy acercándome a lo que quiero narrar. El Dr. VGM. (usaré desde aquí, por cuestiones metodológicas, sus iniciales para referirme al Dr. Víctor García Martínez) contó el dinero que le había quedado tras pagar a los abogados, estudio el mercado inmobiliario con la misma minuciosidad con que realizaba sus investigaciones y llego a conclusión de que no podría comprar ninguna casa que pudiera contener sus libros, que había logrado salvar de las garras de Adelma, salvo en un barrio más bien marginal o de los denominados populares. Ese punto no le molestó en lo más mínimo, se sentía feliz de haber logrado reparar uno de los errores más graves que había cometido en su vida, y no sentía la más mínima depresión o preocupación por tener que ir a vivir en un barrio.

El Dr. VGM consiguió una casa espaciosa, que para mayor tranquilidad no daba al frente de la calle, se ingresaba por un largo pasillo. Pero además de espaciosa tenía un patio respetable con un par de árboles, espacio en el cual el Dr. VGM podría practicar la jardinería que tan relajante le resultaba como contrapeso de su siempre dificultosas investigaciones y del agotador trabajo de tratar de lograr que los alumnos entendieran complejas teorías. Aunque todos afirman que para él esto último no resultaba ningún inconveniente. Los alumnos lo atendían, en silencio, preguntaban y entendían. Yo no creo que fuera tan sencillo, el nivel de los alumnos es hoy escandaloso como resultado del progresivo deterioro de la educación en el país en que vivimos, pero me guardaré mi opinión ya que no tengo datos sistemáticos sobre sus clases y sólo fui testigo de un par de cursos de postgrados que me resultaron harto dificultosos. En realidad lo importante para la historia es que la casa que compró estaba ubicada en Bello Mirador una de las barriadas populares más antiguas de la ciudad y, claro está, de peor fama. Contaba un prestigioso escritor, que también vivió allí durante algún tiempo, que Bello Mirador, ubicado en una loma que justamente da una hermosa vista de la Ciudad Universitaria Nacional de Villa del Rosario, que el barrio había sido un barrio proletario en la época de cierto desarrollo industrial del país, pero que, justamente con la ruina de la producción nacional, se había convertido en un barrio de marginales y desocupados que es más o menos lo mismo. De hecho el afamado escritor abandonó el barrio la segunda vez que se salvo de que lo mataran al ser asaltado en su casa. Pero eso no ocurriría con el Dr. VGM, por que enseguida entabló sinceras y afables relaciones con todos los vecinos, y estos se encargaron de avisar a los ladrones, que ya afilaban sus navajas, de que la casa del Dr. VGM debía quedar fuera de su radio profesional sino querían sufrir terribles represalias. Es decir pronto se convirtió en una persona querida y respetada en el barrio a la que todos saludaban por la calle sin notar siquiera de que vestía de saco y corbata, cosa que sólo había visto en algún desprevenido vendedor que si logro salir nunca volvió a entrar en la zona. Podríamos decir citando al autor al que hecho referencia al comienzo que el Dr. VGM reduplicaba su capital simbólico por que sus vecinos sentían que podían tratarlo como a un igual, o quizás más claro quede en la referencia del padre de la literatura moderna, Marcel Proust, y que el autor referenciado sin referenciar utiliza sin citar, cuando hablaba de aquel Conde que era tan humilde que no parecía Conde.

Librado de la extenuante convivencia con Adelma, el Dr. VGM comenzó a disfrutar de su nueva casa, de la recuperada soltería, de jardín, de las horas de estudio e investigación en la habitación que convirtió en su escritorio. Se sentía feliz como el marinero que había logrado salir de una tormenta que había estado convencido lo llevaría al fondo del mar. En alguna casa cercana escuchaban música de cuartetos, o alguna de las denominadas radios populares de la ciudad, caracterizadas no solamente por irradiar la citada música de cuartetos sino también por el hecho de que sus locutores hablan, en la tonadita característica de estos sectores en esta zona del país, sandeces procaces todo el tiempo y a viva voz, gritando digamos. Pero el sonido era lejano y en todo caso apenas llegaba, a veces, a suscitar su curiosidad por esas letras donde predominaban las declaraciones de amor y el lamento de maridos engañados por sus mujeres –cornudos en lenguaje vulgar- que incluso a veces llegaban a matar a los traidores –la pareja infiel solía incluir al mejor amigo- cuando consumaban el acto indigno en la mismísima cama matrimonial. Modelo de cómo las costumbres más atávicas y bestiales continúan arraigadas en las clases populares. La mayor parte del tiempo, mientras trabajaba, el Dr. VGM oía, a un volumen medio, música clásica. Este hombre que era tan genial, a pesar de pertenecer a una generación del rock, no se había aficionado ni al rock ni al blues ni siquiera al jazz.

Hacía la derecha la nueva casa lindaba con una calle casi sin transito y hacia la izquierda con otra casa ubicada al fondo de otra, de la que la separaba una medianera endeble que medía, aproximadamente, un metro ochenta. O mejor debería decir mide, por que la casa continúa existiendo aunque el Dr. VGM no viva más allí. Esta casa era alquilada un matrimonio que rondaba los sesentas, con los que charlaba de vez en cuando en la calle. Los domingos por la tarde Don Toribio se sentaba en el patio y lentamente se iba emborrachando mientras escuchaba a fuerte volumen dos cassettes, si cassettes ni cidis ni emepetres, uno de Jorge Cafrune y otro de Horacio Guarini. Al Dr. VGM no le molestaba que a medida que Don Toribio se emborrachaba comenzaba a gritar a su esposa, después de todo no hacía más que gritar, un león vegetariano hubiera dicho un presidente que supimos tener. Algunos temas de Cafrune le parecían interesante y los de Guaraní le hacían gracia y pensaba que el cantar en una época se autoproclamaba como un cantante revolucionario.

Don Toribio falleció súbitamente, a los cuatro años de haberse mudado el Dr. VGM, y la viuda se fue a vivir con una de las hijas. Nuestro protagonista casi extraño aquellos dos cassettes cuando en las tardes del domingo solo provenía silencio del otro lado de la tapia, se escuchaban un poco más los famosos cuartetos, pero no le molestaban. Creo que hasta entonces lo único que había llegado a molestarlo era Adelma.

Y vamos, ahora sí, a los hechos principales que me han llevado, por única, vez a abandonar mis escritos académicos. Al año de la muerte de Don Toribio la casa vecina fue alquilada. Conoció a los nuevos inquilinos en el almacén, eran una joven pareja con una hija de unos cinco o seis años, más la suegra y sus otros hijos que ya pasaban los veinte pero, según le contaron, no lograban conseguir trabajo.
El primer domingo se sentaron todos a tomar cerveza y a escuchar música de cuartetos en un potente equipo de música.
Inquieto por haber sido distraído bruscamente el Dr. VGM levantó la vista de la pantalla de la computadora. Prestó atención a cada tema nuevo que escuchaba y lamentó que no pasaran ninguno del Gato Bermúdez dado que sus letras le parecían interesantes para comprender la idiosincrasia de los sectores populares. Se distrajo y no pudo terminar la tarea que se había asignado pero su excelente estado de animo no fue alterado. En sus planificaciones siempre dejaba un espacio a lo imprevisto y estaba preparado para enfrentarlo, no se irritó, ni siquiera realizo un comentario, ni en su mente ni en palabras. Terminó apagando la música de Teleman que escuchaba en los excelentes parlantes que había comprado para su computadora. Aunque seguía prefiriendo oír la música en vinilo, reconocía que escucharla en la computadora, aunque el emepetres degradará el sonido, no interrumpía su trabajo teniendo que levantarse seguido a dar vuelta un disco o a buscar otro. Programaba horas de música y se olvidaba de tener que elegir. Quizás esa fuera una señal de decadencia, cuestión que recién se me ocurre ahora.

El lunes y martes estuvo hasta tarde en la Universidad Nacional y al volver oyó como en el patio vecino sonaba el equipo de música a todo volumen. Estaba muy cansado y se durmió sin prestarle atención.
El jueves, el día de la semana que no dictaba clases ni de grado ni de postgrado, se preparó para terminar el artículo que había pensado concluir el domingo anterior. Se levantó temprano y con el día fresco y, tranquilo, avanzó a buen ritmo. A la una de la tarde cuando estaba a punto de resolver una cuestión particularmente complicada irrumpió a todo volumen el tema en el cual el amigo engañado por la esposa y su mejor amigo los mata en la cama matrimonial. Se desconcentró, trató de no prestar atención a la música y volver al tema que estaba escribiendo, pero había perdido el hilo. Se levantó y camino despaciosamente por la habitación con las manos en las espaldas tratando de reconstruir el razonamiento que estaba realizando pero no lo logró y no lo logró porque cuando estaba a punto de hacerlo empezó a sonar un nuevo tema que hacía referencia a como una jovencita meneaba el culito al cantante, aunque no fuera “culito” la palabra utilizada. Las ideas desaparecieron de su cabeza. Decidió tomarse un recreo y comer algo. Luego de su frugal almuerzo, considerando que la música seguía sonando a todo volumen, optó por dormir una siesta. No había nada que antes le hubiera impedido dormir una siesta, exceptuando la molesta cháchara de Adelma, pero esta vez no pudo conciliar el sueño. Los temas de cuarteto resonaban cada vez más en su cabeza. Salió al patio, pero allí se escuchaba más fuerte. Pensó que no se había sentido irritado desde que se separara de Adelma y decidió que no debía irritarse. Finalmente decidió irse al centro a tomar un café y quizás al cine.

Regresó tarde. Después de ver una película había logrado sacar de su cabeza la música de cuartetos que nada tenía que ver con la música clásica que escuchaba habitualmente. Era la una de la mañana cuando entro en su casa, primero se pasaba por el patio, y el silencio era absoluto. Se sintió contento y se puso a terminar su trabajo, pero pronto lo venció el sueño y decidió concluirlo el sábado.
Se olvidó de todo y cuando, ya en el fin de semana, encendió la computadora, la música de los vecinos empezó a sonar a todo volumen. Por primera vez en voz baja dijo “es una música de mierda, ni siquiera es música, es ruido, es una mierda”. Espero un rato pensando en que, por un milagro bajarían el volumen o la apagarían, pero nada de ello ocurrió. Siguió dando vueltas en el escritorio musitando en voz baja “es una música de cornudos, todas las historias que cantan son de cornudos… La tonadita, la forma de cantar, esta llena de amaneramiento.” Cambio el tema y ahora dijo en voz alta “¡¡¡¡¡¡¡¡son unos maricones de mierda que no saben cantar ni un carajo son una recontramierda!!!!!!!!!!”. A continuación se enfadó consigo mismo y decidió actuar racionalmente. Se dirigió a la casa de los vecinos, golpeó la puerta, ya que no había timbre, y, a los muchachones que lo atendieron sin prestarle mucha atención, les pidió con toda amabilidad que bajaran el volumen porque estaban trabajando.
- - Tía, disculpa, pero es sábado. Nadie trabaja los sábados en su casa.
El chico que le contestaba miró el piso pensativamente.
- - Pero está bien, vamos a bajar un poco el volumen.
El Dr. VGM le dio sinceras gracias y volvió contento de haber resuelto la situación racionalmente. Aclaro que los muchachones le hablaron en esa jerga casi indescifrable de los barrios populares de Villa del Rosario y que he preferido hacer una especie de traducción. En realidad me sería imposible expresarme en esos términos, he dejado el término “tía” con que lo denominaron como constancia de la falta de respeto y ubicación de esta gente.

Pero cuando entró a su patio comprobó que apenas habían bajado el volumen y que escuchaba aquella música espantosa como si el equipo estuviera en su patio. Pateó el suelo, pateo la pared. Luego entró y se instaló en la silla delante de la computadora, primero utilizó Google, estuvo un rato navegando por distintas páginas, y luego bajo un programa que se llama emule al cual denominan un programa para intercambio de archivos. Puso a bajar discos de unos grupos, sobre los que ustedes podrán indagar, llamados Death Angel, Sepultura y de Iron Maiden y, tras ponerse tapones en los oídos se fue a tratar de dormir. No era que el los hubiera sentido nombrar nunca antes, pero había sabido usar el buscador. Era un investigador nato.

Al día siguiente se levantó tarde, desayuno, puso sus potentes parlantes en el patio, y se sentó al tibio sol del otoño a esperar.
A las tres y pico de la tarde comenzó a sonar está música, que un conocido investigador local ha denominado “tunga-tunga” haciendo referencia a su ritmo básico que se repite interminablemente. El Dr. VGM sonrió y puso a sonar a todo volumen a los temas de los grupos que se habían bajado durante la noche. Fue un estallido que hizo pegar un salto a todo el barrio y que le debe haber hecho pensar que toda la policía de la ciudad irrumpía, simultáneamente, disparando sus armas, o algo peor. El chachareo de los vecinos se calló instantáneamente, pasados unos minutos también se calló el equipo de música. Satisfecho el Dr. VGM pensó que lo había logrado y apago su propia música, la que casi lo había dejado sordo. Se aprestaba a entrar a la casa cuando el tunga-tunga volvió a sonar ahora al doble de volumen. Pateó la pared y pegó un puñetazo que le dejo doliendo la mano. Nunca podría igual ese volumen.
A partir de allí los acontecimientos se aceleraron. El Dr. se paró junto a la medianera y gritóen un alarido espeluznante lo que nunca nadie le había escuchado gritar y que ni siquiera había pasado nunca antes por su mente:
- ¡Negros de mierda y la puta que los parió! ¡Apaguen ese ruido de mierda!
El sonido se cortó y el Dr. VGM sintió que algo se había roto en su interior. Seguía inmóvil en el mismo lugar, transpirando como si tuviera cincuenta grados de fiebre, cuando una botella de cerveza cruzo el aire y cayó a su píes al mismo tiempo que el tunga-tunga volvió a romper la tarde. No sólo devolvió la botella de cerveza, la acompañó con una pila de ladrillos que permanecían apilados contra la medianera desde que había comprado la casa.
No vale la pena narrar lo que ocurrió después, pueden imaginarlo, seguramente muchos lectores ya lo conocerán por que salió en los diarios. Lo importante es que haya entendido el mensaje implícito a este relato, la moraleja, si ello ocurre me habré dado por satisfecho.

Roberto von Sprecher