viernes, 30 de enero de 2009

Ensayos Pijoteros

Cuando volví de las vacaciones le mande mails a algunos amigos y les decía que ya no me gustaba ni salir ni llegar. Uno de ellos, Seba; me pedía que escribiera algo al respecto.

He observado que la gente amiga o conocida de mi edad (cerca de los sesentas), muchos de los cuales ahora pueden hacer algún ahorro, mantienen un entusiasmo, que no comparto, por viajar y conocer, en especial otros países.

Ya no me interesa viajar a otros países, no creo poder ver nada nuevo, o en todo caso nada que no pueda encontrar con creces leyendo un buen libro. Casi exceptuaría El Prado de Madrid, que debe ser la única ciudad que he visitado unas cuantas veces y en la cual puedo moverme sin mapa. Cada vez que voy vuelvo a ver los mismos cuadros de Velazquez y de Goya. La última vez estuve un día entero y hubiera necesitado una semana sólo para internarme en los cuadros de estos dos pintores. Y ahí me pongo muy benjaminiano respecto del original, cosa que no me convence del todo, pero que en mi práctica resulta cierta. Volver a ver esos cuadros es como releer La montaña mágica, En búsqueda del tiempo perdido o a Conrad.

Pero, mi observación inicial derivaba de las últimas vacaciones, como es habitual, en Río Negro, en la chacra de mi madre, o lo que queda de ella, que para delicia de algún psíquico es el lugar en que nací (no el hospital del pueblo sino en la propia chacra, la casa pequeña que está al lado de aquella en que vivimos durante enero).

El preparar el viaje, ir y esperar en la terminal, me resultan atroz, hasta el momento en que arranca el colectivo. Lo mismo al momento de volver. En alguna medida mi lugar de origen ya me es ajeno y mi lugar de residencia también. Ya no siento Córdoba como el lugar ideal para vivir, tanto por que es más calurosos, como por que es el sitio donde trabajo y me veo sometido a una serie de obligaciones absurdas (la burocracia académica), que cada vez avanzan más sobre los placeres de la docencia. Seguramente es demasiado trabajar 25 años en el mismo lugar. Quiero jubilarme (me faltan siete años), pero no se como soportaré no trabajar a pesar de que tengo muchísimas cosas para hacer (escribir, pintar, leer), aunque los más probable es que no viva mucho más allá de la jubilación (es bien sabido que nos jubilan no para que disfrutemos de nuestros últimos achacosos años sino para que muéranos y dejemos de estorbar).

Además se que estaré sólo, y no quiero volver a vivir con una pareja. Mi hijos serán grandes y los veré muy de vez en cuando y la mayoría de mis buenos amigos han muerto o viven en otras ciudades, y si queda alguno en Córdoba llevan una vida y tienen unos intereses tan distintos a los míos que sólo nos queda recordar anécdotas de los viejos tiempos, lo cual no lleva mucho tiempo ni es muy alentador.

Llevaba mejor los viajes en los quince años que fui a dar clases a otras ciudades del interior (Roque Sáenz Peña, Santiago, La Rioja, Chilecito, Villa María y Santa Fe). Una vez que deje de viajar me resultó increíble que hubiera soportado tantos años el esfuerzo que significaban esos viajes, dormir en el colectivo, más largas horas de clases.

Finalmente no creo que haya otra explicación para que ya no me guste ni salir ni volver… ni estar, que la vejez, la declinación, la decadencia, la decrepitud, la muerte de las neuronas y el cansancio, que no sólo dependen del número de años.