viernes, 22 de mayo de 2009

De como mi padre me enseñó a comer chicles




En algún momento de mediados de los cincuenta mi padre me enseñó a comer chicles.

No había la variedad que existe ahora, apenas los rectangulares e inmaculadamente blancos chicles Adams en su cajitas amarilla de dos o doce unidade. Esas cajitas se podían sacudir, hacer música con ella y bailar al ritmo producido.

Fue en unas vacaciones de verano en las cuales, con el Ford 35, habíamos llegado al campo del abuelo Salis, al sur de Teniente Origone, al sur de Bahía Blanca, en la provincia de Buenos Aires.

El abuelo Salis en realidad era mi bisabuelo von Salis, pero todos le decían abuelo, ya que el abuelo Jorge von Sprecher había fallecido en 1950 ó 1951. Tenía ya casi noventa años y había sido un juerguista patológico.

En Origone había una de esas terribles sequías que allí eran frecuentes. Por suerte no había viento que moviera los enormes medanos de arena que estaban ya cerca de la casa.

Habíamos sorteado los médanos de la entrada, abierto la tranquera de alambre y estacionado el Ford cerca de la barrera de tamariscos. Veníamos de Origone que por entonces tenía ochocientos habitantes (hoy tiene doscientos). Cuando nos bajamos mi padre saco del bolsillo de la bombacha campera la llamativa cajita amarilla y la sacudió. Los había comprado sin que yo me diera cuenta. Y entonces me dio uno y me lo puse en la boca. Me advirtió que por ningún motivo lo tenía que tragar, por que si lo hacía se me podía formar una pelota de goma, elemento del cual afirmó estaba hecho el chicle, en el estomago. Me señalo que si quería que me durara más lo chupara. Sin embargo yo no resistí y apreté mis dientes sobre la crujiente capa blanca. Entonces me padre me indicó que siguiera masticando hasta que no tuviera gusto y que luego lo tirara, y me reiteró que no tenía que tragarlo. Yo seguí masticando despacio y concentrado como si hubiera crecido un par de años con ese acto.

Los chicles Adams conservaron siempre el gusto de ese verano en Origone.

(La foto de la Estación de Teniente Origone la encontré en http://www.flickr.com/photos y pertenece a Mar de Fuegitos)o Silvio Andrés Patricio Barba, de Bahia Blanca residente en La Plata)

3 comentarios:

TEXTOS DE CARTON dijo...

Que bue recuerdo Roberto.

Un abrazo

Andrés

rvs dijo...

Gracias Andrés. Ya algún día tengo que empezar a escribir sobre cuando nos empezamos a llevar mal con mi padre. O sea los setenta. Roberto

Federico dijo...

Precios texto.

A esas cajitas, cuando venían con nailon, si uno les dejaba el nailon de una punta y soplaba por la punta abierta, las podía hacer sonar como una cornetita.

Después llegó el blister y pudrió todo.