sábado, 7 de febrero de 2009

Ensayos Pijotes: el Ford 35 y las lagunas


Cuando era chico, digamos antes de cumplir los diez años, ir a Bahía Blanca en auto era toda una aventura. El viaje era mucho más tranquilo en tren, pero eso era cuando iba o volvía con mi abuela que vivía en Bahía. Del viaje en tren recuerdo, sobre todo, el tren cruzando, de noche, el puente sobre el Río Colorado.

El auto era un Ford 35. El auto de la familia. Los poco más de quinientos kilómetros entre Allen y Bahía Blanca eran de tierra y en una época había que ir abriendo y cerrando tranqueras. Luego pusieron guardaganados.
El viaje era más o menos largos dependiendo del estado del Ford. A veces mi padre tenía que sacar la caja de herramientas y se ponía a improvisar arreglos. Supongo que muchas veces inventaba, pero lograba, tras mucho o poco renegar y transpirar, que continuara andando.
Cuando había llovido el camino solía enlagunarse. Trayectos enteros se convertían en un río, que no corría, del cual no se veía el fin. Entonces los autos iban deteniéndose en la vera de la laguna y la gente se bajaba. Miraban hacía el agua, conversaban, alguno preparaba mate y evaluaban la posible profundidad de los charcos, si habría barro profundo o si el fondo podía ser firme. Finalmente, con la confianza de que eran varios los autos que podían intentar el rescate en caso de empantanarse, alguno intentaba el cruce, mientras todos miraba expectantes. Alguna vez alguien iba caminando adelante, descalzo y arremangado, buscando el trayecto más firme y menos profundo. En todo caso, casi todos, llevaban algún cable con el que se podía atar y rescatar al que se quedara varado en el agua. El resto del trayecto nos saludábamos al pasarnos unos a otros.
Si el forcito se paraba en medio de la laguna, los chicos no nos bajábamos. Mi padre, como un héroe, afrontaba las aguas, levantaba el capot, y tarde o temprano lo hacía funcionar. A veces se bajaba mi madre, a veces empujaban los dos, pero los chicos sabíamos que permaneceríamos seguros dentro del auto sin mojarnos.
Cuando llegábamos a una parte seca y segura, nos arrimábamos al monte ralo y comíamos los sandwiches de milanesa. Mi madre repartía café en la tapa del termo. Si avistábamos algún zorro, mi padre sacaba el treinta y ocho de abajo del asiento y nos adentrábamos, solo un poco, en el monte y tiraba algún tiro. Yo era el más grande así que alguna vez me dejó tirar a mí.

No recuerdo que anduvieran autos ceros kilómetros. Hasta los sesentas me parece que nadie se había comprado un cero kilómetro. La primera vez que hicimos el trayecto en un auto nuevo fue, si mal no recuerdo, con un Rambler cajón de manzana, un compacto, según le decían. El primer cero kilómetro. La compactara se arruinó en ese trayecto, de Bahía a Allen, que mi padre cruzó a la velocidad que hubiera llevado en asfalto. Dijo que los autos nuevos no servían para nada, luego fue a reclamar a la concesionaria y al tiempo tuvimos un Rambler boca de pescado.

Los chicos habíamos llorado cuando vendieron el Ford 35.

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