sábado, 21 de junio de 2008

EL CUBRECAMA

Gabriel me dío este título el domingo pasado. Hoy me desvelé y recordé el final.

EL CUBRECAMA

Me resultó extraño que fuéramos a lo del abuelo un día de semana. Almorzábamos con él, el tío Francisco, la tía Meli, la Laura y la Tere todos los fines de semana, pero nunca durante la semana. Durante la semana todo el mundo trabajaba.
Cuando llegamos los grandes se besaron y se abrazaron, tampoco era habitual que se abrazaran y se fueran a la pieza del abuelo dejándome sólo. No me saludaron ni me dieron ninguna indicación, así que me fui al cajón donde el tío guardaba las Tony y me puse a leer un episodio de Johnny Hazard.

Debía tener, creo, seis años o por ahí, porque faltaba poco para que empezara la escuela y ya había pasado bastante desde que me regalaran, para reyes, la bicicleta con el banderín de Boca Juniors Campeón 1954.

Al rato salieron, mi padre y el tío Francisco adelante. Las mujeres se fueron a preparar mate, el abuelo se sentó mirando el piso y tomándose las manos sobre las piernas. El sombrero inclinado sobre los ojos. Las chicas dormían. Me hicieron señas de que los siguiera y subimos al Ford 35, la mañana estaba fría y las chapas del auto más frías aún.

No anduvimos mucho, apenas medio kilometro y entramos en la chacra de los padres de la Tía Meli. Me dijeron que esperara afuera.
Salude a los perros, pero tenía frío y me fui a buscar la puerta de atrás. La casa era de cuatro habitaciones chicas, sin revocar por afuera y casi sobre la acequia, alguien había dicho que no convenía hacerla allí por las raíces de los álamos.

La puerta de chapa estaba abierta. Entre sin hacer ruido, apoyando suavemente los píes como había aprendido en las historietas de Hazard. El pasillo tenía revoque grueso hasta en el piso y pensé que me convenía ir a la pieza de la Betty, la hermana menor de la tía Meli. Tenía dieciséis años y no la veía muy seguido, pero sabía que no iba a hacerme problemas si me metía en un rinconcito de su cama. Estaba frío y la casa era helada.

Abrí despacito para no despertarla. Tenía la cubrecama cubriéndole la cabeza. Debía tener mucho frío. No se porque, en lugar de meterme sin tratar de que se notara, en un rinconcito, levante un poco la colcha. Me sorprendí un poco, la cara de la Betty parecía una estatua y los labios estaban morados. Era muy linda. No muy dejar de tocarle un cachete. Estaba helado. Frío, muy frío y pensé que hacía falta una estufa a leña en esa casa. Me asuste un poco cuando me di cuenta de que no estaba debajo de las frazadas sino que sólo estaba cubierta por el cubrecama y desnuda. Bajé un poco la frazada, estaba empezando a temblar. Nunca había podido ver sus tetas aunque las hubiera adivinado, eran redonditas y terminaban en un conito con los pezones parados. No pude evitarlo, cerré mi mano despacito sobre una de ellas y al instante quede congelado, como si un fierro helado me hubiera atravesado el cuerpo de lado a lado. Saque la mano rápido pero seguía congelada, subí la colcha y salí sin cuidarme en no hacer ruido. Afuera corrí hacía la acequia, mi mano parecía ser de otro cuerpo era algo rígido, azul, de hielo. Me arremangué, la embarre bien y la refregué con la otra mano un rato largo, cada vez tenía más frío y cuando terminé de sacarme el barro sentí un dolor terrible, tan fuerte como las ganas de hacer pis y fui detrás de un frutal.

Temblando me quedé parado al lado de la puerta del auto. Antes que salieran de la casa escuche que decían algo sobre un vaso de Folidol.

Cada vez en mi vida que he tocado una mujer desnuda he vuelto a sentir que tocaba el cadáver helado de la Betty.

Roberto von Sprecher. Junio 14, 2008.