martes, 15 de abril de 2008

ELOISA

ELOISA

Fue entre octubre y noviembre del setenta y cinco, no podría precisarlo, quizás octubre y noviembre. Por alguna razón coincidimos con Eloisa en una materia y tuvimos que hacer un par de prácticos juntos. Nos conocíamos hacía dos años, pero sólo los nombres, nos cruzábamos en el hall o en el pasillo ascendente y siempre nos saludábamos. Seguro teníamos algún amigo común. Bueno, eso ya era un vínculo: que siempre cruzáramos una mirada y nos dijéramos “hola”.

No puedo recordar en lo más mínimo que era lo que hacíamos, ni para que materia, ni cómo trabajamos, ni en que momento lo hacíamos. Si que un par de veces subí hasta el departamento donde vivía, supongo, que con la madre. No tengo la sensación de presencia masculina. Su dormitorio era angosto y no había casi otra cosa que la cama. En la imagen que conservo sólo la cama y paredes vacías. Si recuerdo claramente que en una de esas subidazas le preste Las aventuras oníricas de Randolph Carter de Lovecraft –sospecho que en una edición de Alianza-. Esas aventuras oníricas me parecían lo mejor de Lovecraft. Amaba a los cuentos de Lovecraft, a sus demonios amorfos y me había contrariado que un profesor de Literatura Contemporánea no lo hubiera ni sentido nombrar. Jamás volvía a ver, ni a leer ese libro.

A Eloisa la recuerdo delgada, casi alta, siempre tensa, los músculos del cuello tirantes, el pelo corto, sin aditamentos. Ya hacía más calor por lo que supongo que habíamos terminado los prácticos, quizás la materia. En menos de dos meses tenía que comenzar el servicio militar, de hecho lo comencé el 28 de enero de 1976.
Hacia calor, pero como ahora, no transpiraba como estoy transpirando ahora. Fuimos a tomar un café a la vuelta de la Facultad. No solíamos ir a tomar café a los bares, no entraban dentro de nuestro presupuesto. Ahora recuerdo que fue Eloisa que propuso ir al bar. Sino podíamos haber charlado sentados en cualquier lado.

Ella perdió la mirada apuntando hacia el techo, y siguió mirando nada mientras comenzaba a hablar sin parar, no recuerdo haber abierto la boca más de dos o tres veces… dos o tres palabras. Comenzó diciéndome que a mi me iba a contar lo que iba a contar porque yo ya estaba muerto.
Puede que haya estado dos horas hablando, a mi me pareció mucho tiempo y no podía dejar de mirarla y me contó la historia de su gran amor y de cómo no se animó a jugarse –era su término- por ese gran amor. Era otra chica, dijo el nombre, que había estado viviendo en su casa, que compartían la habitación y nadie sabía lo que pasaba entre ellas. Y que yo me enteraba porque ya estaba muerto. Pero, el final era su no animarse a irse con ella y tener que lamentarlo cada noche. La otra chica se había ido.

Finalmente no me morí. Cuando volví a Córdoba, en febrero del setenta y siete, me contaron que Eloisa estaba en México. Tres o cuatro años después alguien me dijo que se había suicidado. Se había tirado por la ventana de su departamento. Nunca registre su apellido, lo borré de mi memoria como tantos otros. Supongo que el dormitorio, desde el cual se había arrojado, tenía sólo una cama de una plaza y las paredes vacías.

Roberto von Sprecher
Febrero 2008. Primera versión.