lunes, 10 de marzo de 2008

QUE BOLUDO

QUE BOLUDO

Se siente particularmente estupido de enterarse recién veinticinco años después. El Lobito le pregunta por aquella amiga de Patricia, el Lobito ni siquiera se acuerda su nombre, que conocieron una noche en el departamento que la primera tenía en la calle Libertad, en la época en que Libertad era calle de putas. Esa noche fueron los tres –Alicia, el Lobito y él- caminando desde el departamento de la calle Libertad hasta el centro. El tomó el colectivo 109 y ellos siguieron caminando juntos, en teoría, eso le contaría luego ella, un poco más adelante Alicia se había ido para el lado de La Cañada y Santa Rosa. Y el Lobito para la casa de la madre, donde todavía vivía, en Maipú.

Se suponía que entonces Alicia estaba casada y vivía con el marido. Cuando empezó a salir con Alicia ella le dijo que acababa de separarse del marido y que era el primero con quien salía luego de esa separación.
Pero, no se siente estupido porque le hubiera mentido o porque el Lobito se hubiera acostado antes con ella. Se siente estupido porque nunca se da cuenta de nada, porque nunca cae, porque siempre es el último en caer, porque es siempre lerdo, lento, tardío, estupido… Y el Lobito era rápido, una luz… y el siempre lerdo, lerdo para todo. Esa noche el Lobito conoció a Alicia y termino cogiéndosela. Terminaron encamados en el departamento de ella, en el cual se suponía que vivía con el marido, sobre La Cañada. Alicia y el Lobito, el Lobito y Alicia.
Y a él le llevó todo un cuatrimestre. Alicia, que estudiaba Farmacia, empezó a cursar Sociología en Comunicación, porque le daba puntos para la secundaria donde era profesora. Prepararon la materia juntos y un mes después ella fue a visitarlo al Departamento en San Fernando. Era tan lento que tuvo que tomar ella la decisión de ir buscarlo, atracarlo y cogérselo. Y Alicia había sido su primer gran amor.

Ahí está, veinticinco años después, el Lobito, que se exilió en Israel y volvió casado para radicarse en Buenos Aires, preguntándole por Alicia. Había visto al Lobito en un asado en lo de Carlos en mayo del setenta y seis. Esa mañana el ejército había ido a buscarlo a su casa, le alcanzaron a avisar al laburo –lo salvó estar en negro-. Inmediatamente se piró y se fue directamente al asado. Pensaba irse a Barcelona pero termino en Israel. Estuvo allá casi seis años y se volvió cuando las cosas parecían más tranquilas luego de Malvinas y en Israel lo iban a incorporar al ejército. El Lobito decidía rápido y, por lo general, decidía lo correcto. Salvo cuando se metió con la negra que estaba en Montoneros.

La noche del departamento de la calle Libertad era templadita, de primavera. El se había tomado el 109 para Barrio Jardín y el Lobito había acompañado, le cuenta ahora, a Alicia al departamento sobre La Cañada, había subido y se había quedado toda la noche. Tardar veinticinco años en enterarse, en darse cuenta… Sí lo pensaba ahora, si volvía al pasado y los veía irse juntos, era evidente que se iban a coger. Pensó “!Qué boludo! !Qué boludo!”.

Roberto von Sprecher

RAFAEL

RAFAEL

Ayer lo encontré en el centro. Parecía que caminara por una ciudad desconocida para él. Permanentemente miraba hacía los costados, hacia atrás, como sin hacerlo.
Nos abrazamos largamente y lo invité a tomar un café. Creo que hacía algo más de diez años que no lo veía. Cuenta que viene al centro dos o tres veces al mes, hace los trámites lo más rápido posible y se vuelve. Su ropa parece vieja, pero no sucia ni gastada, parece de hace treinta años atrás.
Se está quedando pelado, no mira a los ojos.
Charlamos, pero no cuenta casi nada. Antes de irnos me dice que hace ocho años que Ana lo dejó y que todas las mañanas se despierta con lágrimas en los ojos. Invariablemente sueña sobre situaciones en las que estas ellos cinco, Ana, sus tres hijas y él. Las hijas van a verlo muy de vez en cuando.
Cuando lo veo irse no parece que fuera caminando por la vereda. Es como un fantasma imperceptible.
Roberto von Sprecher
Febrero 2008.

LA GRINGA




LA GRINGA

La habría cruzado muchas veces, pero recién la descubrí una noche en que teníamos clase de historia en el sótano. Estaba en la hilera de la izquierda, más adelante que yo. Veía sus espaldas, entreveía su cola, me detuve en el pelo largo, castaño, seguramente cepillado todas las mañanas y tardes. Se dio vuelta y me encontré con sus ojos celestes, con sus labios gruesos, con su piel pálida.
Claro que no me anime a saludarla, ni a decirle nada. Entonces, ahora también, decía que yo nunca había levantado a una mina, que las minas me levantaban a mí, pero, tras mucho trabajo.

La volví a encontrar en un práctico de Derecho Penal, estaba en la fila pegada a la mía y se dio vuelta para preguntarme algo.
Quedamos en juntarnos en casa para preparar un práctico. Cuando llegó dijo que no se acostaría en mi cama, porque terminaríamos cogiendo.
Cuando se acostó en mi cama pude penetrar trabajosamente, con lengua los labios gruesos. Le saque la remera y cuando le estaba mordisqueando los pezones se sentó, enojada, y dijo que si le había sacado la remera yo también tenía que sacarme la mía.

Al otro día fui a su pensión, charlamos en un living con piso de parquet y un hogar. En un momento tomó un grueso cenicero de vidrio, lleno de puchos, y lo dejo caer al suelo desde bien arriba, mientras me miraba. Era su aviso de que cortaba.

Luego nos hicimos amigos y cuando nos veíamos nos besamos en los labios. No podía convencer a mi amigo Juan de que no éramos novios, y que sólo nos besamos en los labios en vez de hacerlo en las mejillas.

Quince años después, sentada en un sillón, en otra casa, ya madre de tres chicos, me pregunto porqué nunca habíamos hablado de lo que nos había pasado.

Roberto von Sprecher
Febrero 2008.




Ilustración: del gran Marcelo Gónzalez, de estirpe de buenos dibujantes y de buenos tipos.