jueves, 11 de diciembre de 2014

pasar a digital

El blog está parado, pero he seguido escribiendo a mano.  Me encantó volver a dibujar las letras.  El problema ahora es encontrar el tiempo y las ganas para pasar el material a mano a digital. Bueno, en algún momento lo hare. Gracias. RVS

domingo, 5 de octubre de 2014

NAVIDAD 2013 primera versión




NAVIDAD 2013

Natsume lo supo, supo que quería ser escritor, y lo fue, aunque era profundamente depresivo, enfermo y vivía agotado por sus trabajos. Murió joven. A los 49. 

No sé si se han hecho estudios estadísticos sobre si existe una edad media de mejor producción de los escritores. Parece difícil que esa edad se constate ante tantas obras maestras de jóvenes y de longevos. 

El matemático que no hizo algo importante hasta los treinta es difícil que lo haga luego. Quiénes se dedican a las ciencias sociales tienden a tener su época más productiva alrededor de los cincuenta, dado el largo proceso de formación que requieren. ¿Qué importancia tiene todo esto? Los perros tienden a morirse entre los diez y los quince, los de raza tienen una vida más corta (mi perra probablemente viva bastante más, ya va por los dieciséis). Como los androides.

Las estadísticas sólo indican tendencias que no puede explicar cómo ni por qué Netsume hizo todo antes de los cuarenta y nueve, año en que murió de una ulcera de estomago.

Ahora necesito copiar un trozo de Natsume, el comienzo de “La Puerta” (claro que es una traducción, vaya a saber cómo lo diría Natsume si el tradujera al español o como lo entendería uno si fuera japonés). ¿Cuántos idiomas manejaba Natsume. Yo apenas se leer en Castellano y en inglés. En el siglo XIX sin tantas traducciones y sin computadoras, los escritores y científicos solían manejar media docena o más de idiomas.

        “Sosuke saco el cojín al engawa para disfrutar del sol del mediodía y se dejo caer encima con las piernas cruzadas.  Al cabo de un rato, apartó la revista que hojeaba y se tumbó de costado. El rítmico golpear de las geta contra el suelo de la silenciosa calle, alcanzaba sus oídos y le producía un placer añadido. Se apoyó en el codo para contemplar el hermoso cielo azul que se abría más allá del alero del tejado. Parecía infinito visto desde el diminuto engawa. Pensó que sería muy afortunado si pudiera contemplar un cielo un domingo que otro.”

Más adelante (Sosuke es Natsume):

        “(...) Le dieron ganas de alejarse de su casa, de grabar en su mente un mapa de las calles de Tokio (...). Respiraba el aire de Tokio durante todo el año; tomaba el tranvía a diario para ir y volver del trabajo; pasaba mañana, tarde y noche por las mismas calles atestadas de gente, pero lo hacía siempre tan fatigado de cuerpo y alma que tenía la sensación de moverse en un sueño completamente ajeno a él y a todo cuanto lo rodeaba.”

Cuando leo a Natsume, o a unos cuantos más, puedo desaparecer, desaparecer en sus palabras, lo que nunca puedo ni puede otro con las mías. Entonces cuando me jubile lo mejor será dedicarme a copiarlas.


Hoy es domingo, el martes será nochebuena, el miércoles será navidad... Durante diez años, ya no, ya no..., he disfrutado pasar sólo las fiestas y algunos fines de semana cuando mis hijos, como hoy, se quedaban con su madre. Nochebuena y navidad cerraba puertas y ventanas y apagaba las luces externas para que no fuera algún vecino, cosa improbable pero no imposible, a invitarme a brindar con ellos.  Un solo año fui a la casa de un amigo. Pero me sentía un intruso en relación a que eran todos, el resto, miembros de la familia. No era que ellos me lo hicieran sentir, todo lo contrario, sino era yo el que me sentía invadiendo un terreno que no era para quienes no fuera de la familia. Ese 24 de diciembre, a las 24 horas, comenzamos a tirar petardos a la puerta de la iglesia que está enfrente de la casa de mi amigo. Lo hicimos con su hijo que debía estar por terminar la secundaria. Un acto insignificante que terminó resultándonos más una broma que un ataque a la institución y que, al menos, habrá intrigado al cura.

Las otras nochebuenas y navidades las he pasado trabajando o viendo una película y nunca me sentí deprimido o triste por estar sólo, es más disfrutaba estar sólo y no en una numerosa reunión familiar donde se hablarían estupideces, donde se hablaría sobre los hijos, sobre navidades anteriores. De esas fiestas lo que recuerdo con ternura diría amor diría llanto fue una en la cual los regalos se hacían como de costumbre por el mecanismo de “el amigo invisible”. 

Todos festejaban y algunos prendían lucecitas, pero no podía encontrar a mi hijo menor que tendría unos seis años, por entonces... Finalmente lo descubrí acurrucado en un rincón de la pieza de su abuela, con su gorrito de Papá Noel y llorando desconsoladamente porque todos los regalos que había recibido eran ropa. La maldita practicidad de “el amigo invisible”.  Yo también sigo prefiriendo que me regalen juguetes. Por suerte, ese año, a mi hijo, en casa le esperaban juguetes. 

Pero... no sé que iba a escribir porque me puse a mandar un mensaje diciendo que para navidad me regalen juguetes y no ropa, porque si no voy a llorar como lloraba mi hijo.  

Para prevenir ya me regale un set de Scully de los X Files que trae, además de a Scully, una mesa de morgue y algo, o alguien, envuelto en una sábana blanca, que no voy a desenvolver. Y al lado del set puse al Mulder que conseguí suelto, sin caja, que tiene su linterna pero le falta la pistola. Tenían también el set de Mulder, pero ya iba a provocar un descalabro económico mayúsculo si lo compraba. Mulder paradito al lado del set piensa como puede liberar a Scully. Si llegara a comprar el otro set pensaría que el de la caja es un Mulder falso. Claro, el verdadero es el que anda suelto, pero necesita urgentemente una pistola.

Puse el set sobre las cajas de Hurley, el boludo de Jack (no conseguí a Sawyer) y Kate (¡ Oh Kate ¡) y al lado de los cabezones de Guardiola y Mourinho, para recordar, primero cuando los compré con ella en el barrio Chino de Buenos Aires, y luego ese día en un bar de Zaragosa en el cual, con Daniel y Cecilia, vimos el Barca vapuleaba a los realistas, al Real, y los humillaba con un seis a dos. Histórico. Como el cinco a cero. Como el penal de Valentín a River en 1962 y el penal atajado por Roma, la chancha voladora, en el mismo partido que escuchamos por la radio en la chacra y luego leí en El Gráfico.

Natsume miró la caja y luego la tomó entre las manos y observo los detalles. La dio vuelta y no encontró un mecanismo para abrirla. Era muy distinta al globo con dharma que había comprado esa tarde por unos centavos.  Siguió desconcertado, pensando que haría con aquella caja con un extraño ídolo, una mujer con vestimenta de hombre.  La casa era austera y no se le ocurría donde ponerla. La miró largo rato y la deposito en un rincón. Tendría que pensar que hacer con aquel extraño artefacto.

Salió al engawa y miró el trozo de cielo que le había parecido infinito. Durante un largo rato todo fue silencio. Luego el bullicio provocado por unos niños. Uno de los chicos vio la caja de Scully y salió corriendo hacía la galería con ella.

-      Eh ¿Te gusta eso? 

-      Claro. Es Scully de Los Expedientes Secretos X.

-      ¿Y quién es esa Scully?

-      La protagonista de un gran programa de televisión.

-      ¡ Ah ¡ Pero cuando yo vivía no existía la televisión ni a nadie se le ocurría que fuera a existir una cosa así.

-      ¿Y las computadoras e internet?

-      ¡ jaa ¡ no... menos. Imposible.

Los chicos miraban la caja entusiasmados.

-      Pueden llevarla. Se las regalo. Ha aparecido aquí por error.
-      ¿Una anomalía temporo-espacial?

-      No sé bien qué es eso. Puedo deducirlo porque sé que es una  
anomalía y que es el tiempo. Pero no tiene sentido. Nunca había oído hablar de anomalías temporo-espaciales.

-      ¿Entonces por qué hemos venido a visitarte y nos has regalado la caja con el muñeco de acción?

-      ¿Eh?

-      Sí ¿Cómo podemos visitarte si has muerto hace muchos años? ¿No lo hacemos gracias a una anomalía?

-      Puede que tengas razón. Entonces tendría que retirarme a descansar a mi tumba.

-      No puedes hacer eso; no podremos jugar contigo si no eres más que un montón de cenizas.

-      ¡Uh! Pero cuando ustedes eran niños tampoco existía la televisión ni muñecos como esos...

-      Es que nos hemos acostumbrado a colarnos por rendijas temporo-espaciales.

-      No entiendo cómo hacen eso.

-      Nos enseñó nuestro padre, tu hijo, antes de arrojarse con su avión sobre un acorazado de Estados Unidos.

-      Sí. Me han contado otras veces de esa guerra. De que habría tenido un hijo que murió en ella.

-      Nuestro padre.
  
Estaba oscureciendo y seguían todos en la galería.
 
-      El abuelo se ha cansado y se va a dormir.

-      Está bien,  pero la próxima trata de recordar como conseguiste esta caja y trae otras.
  
Pero Natsume no sabía como la había conseguido.

RVS. Diciembre 2013.

 

viernes, 3 de octubre de 2014

MAGNIFICOS CUADERNOS (primera versión, sí, siempre sin corregir...)

MAGNIFICOS CUADERNOS.

Mientras Carmen comentaba sobre un artículo referido a un Congreso de Ayuda a Escritores Bloqueados (por el trauma de no poder enfrentar exitosamente a la hoja en blanco). Mientras Carmen comenta sobre el bloqueo de la hoja en blanco yo recuerdo los cuadernos en los cuales escribía cuando comencé a escribir cuadernos que no eran para la escuela. Cuando de chiquito ya tenía el berretín (eso lo he escuchado desde chico en un tango) de que mi único futuro posible era ser escritor.

Sin embargo no eran cuadernos con hojas en blanco, eran del mismo tipo de cuadernos que usaba para la escuela.  En el pueblo no se conseguían otros. Las hojas, finitas, estaban atravesadas por líneas paralelas celestes, que es una forma rebuscada de decir que eran cuadernos rayados, pero no cualquier rayado, hojas finitas, líneas, también finitimas, celestes. ¿A quién se le habría ocurrido diseñarlos así? Finas líneas paralelas celestes para ordenar la escritura desde primer grado inferior en paralelas líneas de palabras disciplinadas ordenando los confundidos y retardaditos cerebros de los hijos de los chacareros y de los isleros que compartían las aulas. Claro que el boludo que los diseño pensaría en retardaditos habitantes de la ciudad no en nosotros, al fin –pensé más tarde- eran más idiotas que nosotros porque no trabajaban como trabajábamos nosotros. La ética protestante en sus diversas variantes en la mente de los inmigrantes.

Nos hacían escribir en letra cursiva, a nadie le pasaba por la mente que se podía escribir en letra imprenta sin enganchar las letras (lo cual ha dado para que algún troglodita, ya pasada casi una quincena desde el dos mil, elabore una teoría respecto de que al enganchar las letras se aprendía a pensar mejor.   Las maestras de las escuelas de las chacras nos hacían pensar mejor, no sólo porque estaban mejor formadas que las de ahora, y mejor pagadas (nota al pie, no la busquen, hay innumerables estudios que demuestran como el descenso del salario de los maestros ha incidido en que quienes aspiran a serlo  y que provengan, cada vez más, de familias con menor capital cultural... si fueran hombres podrían ser colectiveros y vivir como gente decente... pero esa es apenas una variable). Además había una innovación genial las maestras tenían cuatro cursos a su cargo, todo al mismo tiempo, de primero inferior a tercero (recuerdo para los jóvenes o desmemoriados que existía un primero superior... en una galaxia lejana).  Era un invento revolucionario aprendíamos a escribir al mismo tiempo que aprendíamos lo que estudiaban los de cuarto.
De cualquier manera la ley y el orden siempre andaban rondando y la simetría que se requería para la letra cursiva persistiría con los que años después usaron letra de imprenta, aunque siempre hubo genios que salían de la raya. Yo, que reconozco que era bastante boludo, me salía de la raya pero porque algunas letras crecían y se metían en la línea de arriba. Quizás no fuera tan boludos y hacía links.

Mis hermanos menores, y mis hijos, también usaron cuadernos rayados, muchas veces uno para cada materia (la cuestión de la división en materias era más difusa cuando yo iba a la primaria... ¡éramos holistas¡), pero unos cuadernos enormes comparados con los que usaba yo, de hojas de mayor gramaje. Cuadernos que tenían, tienen, perforaciones que permitían arrancar las hojas y guardarlas en carpetas en las cuales las hojas se salían y se perdían más fácilmente que cuando estaban en los cuadernos, hasta que a uno de los genios de marketing escolar se le ocurrió inventar la hoja reforzada con plástico que provocó el ocaso de los circulitos blancos engomados, los odiosos hojalillos, para reconstruir los agujeros deteriorados. Claro que el refuerzo plástico apareció primero en block de hojas que iban directamente a la carpeta eliminando el paso del cuaderno. Campo complejo el de los productos para la escritura en la escuela, claramente dominado por el campo económico, y que con el marketing se pobló de estupideces que hicieron las mochilas más pesadas, lo cual además de arruinar columnas provocó la ruptura y el recambio más frecuente de las mochilas. Todo en la línea de la obsolescencia frecuente que tanto rédito diera a Bill Gates.

Revisando estos procesos uno puede reconocer la sencillez modesta de los cuadernos y de la mayoría de los instrumentos que usábamos para la escuela hasta los cincuenta y buena parte de los sesenta. Claro que los que fabricaban los cuadernos no habían tenido en cuenta que yo sustraía algunos cuadernos de su destino escolar, de su destino a ser usados en la escuela, para escribir, y en letra imprenta, sí señor en letra imprenta como la que aparecía en los libros de puras letras que ya sabía leer en las vacaciones de julio de primero inferior, resultado del holismo de la genial enseñanza a varios cursos en una misma aula.

Aquellos cuadernos de tapa marrón bastante fina, que probablemente tuvieran un ovalo amarillo dentro del cual llevaban su nombre, que era también su marca, y reflejaba algún supuesto evento o designación patriótica, tal vez en alguna esquina o en la contratapa dijeran algo así como “48 páginas. Industria Argentina”. Y yo no tuve la suerte de mis padres a los que la escuela proveía unos cuadernos de tapa celeste que hubieran sido magníficos para escribir una colección de cuentos, incluso dividida en diversas colecciones según el género...
Y toda la estructura de mis cuadernos de tapa marrón y hojas finitas era sostenida por un modesto alambre fino enrulado como un resorte. Espiral le decían.  “Mirá como sacaste la espiral del cuaderno...”... y entonces venía un proceso de elevación y enderece con los dedos haciendo girar la espiral y en caso serios se recurría una pinza para cortar lo que sobraba, situaciones en que la espiral terminaba chata y con cierta inclinación.
Espírales... si uno cometía el descuido de dejar uno de los cuadernos debajo de uno de los tres gruesos tomos del Diccionario Enciclopédico que había pertenecido al padre de mi padre, o sea uno de mis abuelos, al que no llegue a conocer porque murió de leucemia poco antes que yo naciera... si uno cometía ese descuido los espirales del cuaderno quedaban inevitablemente aplastados y deformados, resultando imposible devolverlos a su forma original, lo cual tenía como consecuencia la necesidad de tener mucho cuidado al dar vuelta las hojas, dado que en el caso de que una de las perforaciones se rompiera era imposible repararla con hojalillos. Aunque se podía intentar la difícil operación de reparar el costado roto de la perforación con un papelito doblado mojado en engrudo dado que era rato que se comprara goma arábiga, supongo debido a que era mucho menos costoso fabricar el engrudo.

En esos cuadernos con hojas rayadas en fino celeste, tapas de cartón blando, 48 hojas de industria argentina, todo unido por un fino espiral de alambre, de aquellos sustraídos a la holística escolar, escribía quien escribe imitando la letra imprenta de los libros que leía. Palabras acompañadas por otras palabras que no eran para la escuela y que solía escribir en el escritorio que había sido del abuelo. Cuyo retrato, como los de sus padres y el de la casa paterna –paterna para mi abuelo- en Suiza, colgaban simétricamente sobre el escritorio y en uno de los cuales se habían enganchado un escarapela helvética. Si señor helvética... como decía en las estampillas... la República Helvética.

En esos cuadernos copiaba libros como Viaje al Centro de la Tierra, que si no saben que lo escribió Julio Verne pueden abandonar lo que están leyendo. En realidad no copiaba los libros exactamente. En algunas sectores los acortaba, otras veces agregaba algunas escena que suponía que el autor, quizás apurado porque trabajaba bajo contrato (sí, ya había leído algo sobre las condiciones de producción de los escritores... La Reglas del Arte indudablemente se iba a cruzar en algún momento en mi destino y hasta quizás Bourdieu lo escribió pensando en quiénes nos poníamos a pensar en la relación editor-productor cultural real). No me pregunten cómo me había enterado de eso, quizás en una publicación tan poco apreciada a partir de mi anarcopsicobolchismo posterior (temporario por que por suerte me pude convertir, vuelta la democracia alfonsinista, en un anarcopsicobolche reciclado) como las selecciones del Reader’s Digest o Mecánica Popular... mmm no creo que fuera en Mecánica Popular...

Volviendo a mis cuadernos sustraídos al uso escolar recuerdo que también agregaba dibujos. Las ediciones de la colección Robin Hood y las de Bruguera traían ilustraciones.  El maestro Pablo Pereyra fue una fuente de inspiración al punto de arrancar la hoja ilustrada y calcarla... tremenda sería mi emoción cuando pude estrecharle la mano en Córdoba en el año 1979 y tremenda mi cobardía de no pedirle que me hiciera un dibujito de Bomba, el niño de la selva.

Cuando en los veranos vuelvo a la casa de mis padres, aunque mi padre ya no está, y vuelvo a ver las ilustraciones me doy cuenta que las ilustraciones de los libros de Bruguera –a excepción de las tapas- eran muy malos, hechos a las apuradas, seguramente por dibujantes mal pagados bajo el franquismo. Y cuando lo hago me dan ganas de volver a leer El Invierno del Dibujante de Pablo Roca. Nada que ver con los magníficos dibujos de Pablo Pereyra para la colección Robin Hood.  O los de Harold Foster para los tomos, en la misma colección, de El Príncipe Valiente (solía ver la historieta en una revista de Columba en lo de mi tío Alfredo pero algunos eran distintos... claro ya no eran hechos por Foster sino por Cullen Murphy).
Los dibujos que yo agregaba a mis versiones revisadas de las novelas originales también eran malos, peores que los de Bruguera. Y muchas veces se inspiraban en otro dibujo... ahí salían un poco mejor.

MAGNIFICOS CUADERNOS. 2.

En algún momento mi padre consiguió una pila enorme de etiquetas para cajones de embalar. De un lado tenían la marca de la empresa, con un dibujo a todo color, todo a todo color en realidad y del lado de atrás eran inmaculadamente blancas, satinados y sin renglones.

Los cajones de embalar eran los que se usaban, aunque no sólo para ello, para las manzanas y peras que se exportaban. La fruta iba envuelta en papel sulfito, generalmente violeta, poco útil para escribir, y era acomodada en bandejas de una especie de conglomerado de cartón, una bandeja se acomodaba sobre la de abajo y así hasta llegar al tope del cajón.  Destino Europa y las que tenían menos suerte Brasil.

Con esas hojas cuadradas de papel satinado armé algo así como mi propia colección de cuadernos para escribir libros. Las doblaba al medio, apretándolas fuertemente y cosiendo con una aguja gruesa de mi madre el doblez de punta a punta. Mis hermanos también comenzaron a hacer cuadernos para dibujitos.  Mi padre siempre nos conseguía hojas, de distintos tipos, uno de cuyos lados podía ser utilizado para escribir. Generalmente era material que iba a ser desechado.  Ahora me doy cuenta de que mi padre podía incluirse en la historia del reciclado.

De lo que escribí en esas hojas satinadas, recuerdo claramente una novelita de cowboys que titule, robando el título, y la tapa a una de esa novelitas baratas que se vendían en los kioscos titulada Hasta la última bala.  La novelita la había sustraído de un librito de un primo. En casa no se consideraba material que tuviera mérito para ser comprado (otro punto a favor de mis viejos). Recuerdo vagamente, de cualquier manera, a mi madre retándome por romper un libro que no era mío. Claro que yo imbuido de la visión del mundo familiar sobre la literatura, que no iba mucho más allá de las novelas clásicas de aventura de Verne y compañía, consideraba que esas novelitas pequeñas, de papel barato, cortas... no alcanzaban la categoría de “libros”... “libritos”, “novelitas” en todo caso.

En mi libro Hasta la Última Bala un vaquero era perseguido injustamente, claro que por un crimen que no había cometido, pero además sufría todos los percances que pueden ocurrir en una colección completa de novelas del oeste.  La tapa robada iba pegada al frente, con engrudo y sólo se podían leer las páginas impares, en las pares aparecía la mitad de la marca y el dibujo destinado originalmente a ser pegados en ambos lados, los angostos, un cajón de embalar para Europa o Brasil... vaya a saber.

El protagonista lograba huir cuando lo trasladaban a la prisión. Y entonces comenzaba la fuga y al mismo tiempo la búsqueda del verdadero criminal (años después vería, cuando llegó por fin la tele, El Fugitivo y me copiaba eso... nada más que el asesino de mi historia no era manco... ahora ni siquiera recuerdo si el manco era el verdadero criminal en la serie de TV.  Googlear.) 

El protagonista, cuyo nombre no recuerdo, podía ser Colorado Smith o Gene Hackman, o algo así, todo tipo de situaciones riesgosas que había leído en historietas o visto en películas en los matiné del Lisboa o del San Martín. En un momento un verdadero forajido lo confundía con uno de ellos y quería que se les uniera para robar el banco de un pequeño poblado.  Colorado Smith, pongámosle, evitaba que los malhechores robaran los ahorros de los pobres ganaderos y la población agradecía lo demoraba con cenas de honor y tonterías por el estilo, mientras que la numerosa partida que lo perseguía se iba acercando para capturarlo vivo o muerto.  Había dibujado un cartel con la cara del protagonista y la típica leyenda WANTED pero WANTED VIVO O MUERTO... ahí tenés.

Colorado nunca se detenía para dejar descansar a su caballo, comer o menos aún para orinar o algo peor.  Esas cosas ya se sabían que en los libros no salían o eran procesos que los protagonistas, más desarrollados que el común de los mortales, no necesitaban realizar.

La acción transcurría siempre, salvo la del pueblo, en una zona desértica con algunos matorrales, como la travesía de Choele Choele a Río Colorado cuando el camino era de tierra.

Las numerosas ilustraciones me permitieron hacer una novela gordita. En algunas de las ilustraciones los personajes hablaban mediante globitos como los de las historietas.

Colorado, inevitablemente, debía atravesar el territorio de indios hostiles debiendo tirotearse con una partida que cabalgaba decorada con elaborados sombreros de plumas y hasta acertaban, sin herirlo, un flechazo en la sombrero. Los engañaba refugiándose debajo de un peñasco y observaba el sombrero y pensaba, globito con globitos, que afortunado había sido. Y también descubría que otra flecha se había clavado en el taco de su bota.  El caballo como si nada, hasta parecía aburrido, debía ser que dibujar caballos ya era demasiado difícil. Pero eso no era todo, tomaba conciencia de que había tenido más suerte aún cuando encontraba otro par de flechas clavadas en la parte trasera de la montura y que podían haber atravesado su espalda.

La historia de Colorado Smith era muy tonta, muy aburrida, un rejunte de lugares comunes. Se la mostré a mi madre a quien le gustaron los dibujos. Pero no la leyó nadie. Ni yo mismo la volví a leer completa, en todo caso la hojeaba, leía trozos,  miraba las viñetas tipo historieta. Estaba satisfecho con lo que había hecho, sobre todo porque no era copiada, digamos..., pero no me daban ganas de leerla.

Claro que no terminaba con las flechas clavadas en la montura y proseguía hasta que Colorado lograba atrapar al verdadero culpable, demostrar su inocencia, ser redimido, y partir hacia el horizonte infinito. ¡Mierda como no puse que no tenía trabajo!  Entre la flecha y el final casi feliz (no era feliz porque no había una enamorada esperándolo, con la cual se pudiera besar en la última escena, en lugar de partir hacia el horizonte sin haber podido darse un baño siquiera).

Antes de lograr reivindicarse Colorado pasaba por otros peligros, numerosos, tales como salvarse de una manada gigantesca de búfalos desbocados que corrían arrasando todo a su paso. Cuando parecía que no había salvación aparecía una enorme roca y el caballo, ya agotado, lograba trepara sobre ella, y contemplar la nube de polvo de los búfalos desde arriba, mientras estos esquivaban la piedra bifurcando su andar. Sería muy tedioso contar todas las peripecias por las que pasaba Colorado.

No recuerdo otra historia larga, aunque puede que muchas quedaran inconclusas.  Años después vi en un pueblito español, donde me metí al cine para hacer tiempo hasta que pasara mi tren, un western alemán que me pareció tan insulso y aburrido como aquella novela.  Seguramente no fue un buen comienzo para mis afanes de ser escritor.

MAGNIFICOS CUADERNOS. 3.

Copiaba libros, los rectificaba, los empeoraba, los memoraba, los ilustraba. Inventaba híbridos de historietas y libros, dibujos y textos. No tenía dudas respecto de que iba a ser escritor. Durante años, hasta los 29 al menos, no pensaba que pudiera llegar a ser otra cosa. Escritor.

Pero finalmente las fuertes y tempranas convicciones fueron débiles. Finalmente te vas a vivir con una chica, changa, muchacha, mina... y aún sutilmente y silenciosamente empieza a sentirse la demanda de cierta seguridad de una entrada fija mensual o semanal o quincenal o la puta que la pario. Y terminé trabajando: libros casa por casa, seguía en el rubro, pero ahora del Atlas fabricado en Córdoba (sólo un reentapado local), artesanías casa por casa (en la dictadura no había Paseo de las Artes y una caja blanca de papel carbónico disimulaba pronto su contenido (prendedores pintados a mano, pincel y rotring, prendidos en un paño amarillo...), venta de boletos en el Hipódromo los domingos y finalmente el más estable de Lecturero de Medidores en Obras Sanitarias contratado.

Tenía que terminar la facultad (esa largo tarea que me impuse con la tessina, exagerada, inmensa, brutal, me interesaba porque al menos leía historietas). No mandé todo al diablo, primero las hormonas después la costumbre y el compromiso vaya a saber basado en qué, y no me animé a mandar a todo al diablo y, imperceptiblemente, se fue pasando el tiempo.

Malgaste una y otra los días, semanas, meses y años, persistí en fracasar en trabajos y en parejas, en parejas y en trabajos.

Tendría treinta y cinco cuando destruí, bolsas de papel picado, todo lo escrito que había ido acumulando desde la secundaria. Más de cien cuentos y dos novelas (al menos con las novelas, que eran muy malas, no se perdía nada). Descubria que el amor no vale la pena y que quizás donde podía ser mejor era escribiendo cuentos, pero eso ya había terminado... pero no puedo valorar, ahora, si algo de lo escrito tenía realmente algún valor.

Me dio algún incentivo ganar dos veces el concurso de cuentos que organizaba la universidad, antes y después de la dictadura, una mención en poesía.  Hoy pienso que me los deben haber dado, a los premios, porque los otros eran muy malos, no porque los míos fueran realmente buenos. A la larga no sirvió de nada y sólo volví a mandar un cuento a un concurso en el que el premio era dinero.  Allí no funcionó.

En los años de secundaria en Neuquén un profesor, al menos, y mis compañeros estaban convencidos de que iba a ser escritor.  Sobre todo de que después de que éste profesor logro, sin avisarme, que publicaran dos de mis cuentos en diario Río negro. Fue un domingo, habíamos ido a Barda del Medio a ver pasar, desde lo alto, una carrera de autos, y yo me paseaba orgulloso, como si hubiera ganado el Nobel de literatura, con el diario mostrándoselo a mis primos y a mis tíos.

Realizando un balance puedo haber sido escritor tres años en la secundaria. Todo porque mis compañeros me incentivaban a escribir uno tras otro. Un público fiel.  Después de que mis dos cuentos salieron en el diario, cuando escribía algo nuevo, lo podíamos leer, repetidamente, en casi todas las materias.  Siempre alguno de mis compañeros se encargaba de avisar al docente que yo había escrito un cuento nuevo y empezaba la ronda de corta fama en el aula de madera del viejo edificio del Colegio Gral. San Martín. Los profesores también se sentirían aliviados (eso lo comprendí mucho después) de los minutos robados a la clase para leer los cuentos.

Y ahora simplemente puedo tratar de contar esos minutos robados con mi gran producción ahora en un cuaderno blanco, sin rayas y sin resortes. Me sigue dando placer ver la tinta dibujar las palabras sobre la página.

Finalmente no soy un escritor, simplemente a veces escribo. Soy un docente del montón que espera con impaciencia que pase tres o cuatro años para jubilarse para dedicarse a leer y releer a aquellos que si se convirtieron en escritores, la mayoría desde situaciones infinitamente más adversas que las mías.

¿Finalmente qué soy? Un sentimiento de fracaso que elude la gente, aunque algunos me valoren como docente, más los alumnos que los colegas. Algunos intenta ayudarme diciéndome que en ese reconocimiento esta lo que he hecho de valor: haber ayudado a alumnos a pensar. Incluso me resulta increíble que algunos me digan que fui importante en sus vidas. Yo no quería ser importante en la vida de nadie, sólo quería ser escritor por el placer de cubrir con dibujos de letras  hojas en blanco, con rayas o sin rayas. Seguramente por eso copiaba libros en cuadernos, quizás no fuera ser escritor la cuestión sino que se trataba de un dibujante frustrado.

 Quizás eso es lo que podría hacer cuando me jubile como una larga tarea: copiar a mano en Búsqueda del Tiempo Perdido.  Un nuevo original, y hacer anotaciones en los márgenes, pegar hojas con agregados... en libretas como libros, con hojas de 120 gramos, ya no en cuadernos modestos de hojas finas, tapa marrón, espiral de alambre blando...

viernes, 26 de septiembre de 2014

EXPLICACIONES sin corrregir




EXPLICACIONES


Aquellos que hayan tenido algún contacto con la sociología tendrán, escasamente y relativamente en claro, que multicausalidad es un principio que permite avizorar que las decisiones tanto plurisociales, mesosociales, como individuales de los seres humanos son indiscernibles, aleatorias, por lo general mal intencionadas y tendencialmente, más o menos, abruptamente inexplicables.

Claro que si no han revisado sesudamente a Max Weber no se puede decir que hayan tenido contacto con la sociología. Pero mejor digamos “más o menos”, ya que las afirmaciones tajantes pronto prescriben.


“Cada situación histórica –o social- sí... de nuevo más o menos- se resuelve específicamente.” Lo cual sería un aporte definitivo, si es que pudieran existir dicho tipo de aportes. Implica además infinita incertidumbre y falta de certeza ante cualquier acción a futuro. Max Weber estaría en desacuerdo con esta afirmación lo cual ayuda a comprender la alta probabilidad de que las mismas sean en su incorrección correctas.


Otra atenuante comprobación de lo expuesto es que hagan tales exposiciones para tratar de explicar ciertas relaciones entre lo que suele llamarse al menos en estos tiempos “parejas” (valdría “novios”, “matrimonios”, “uniones de hecho”... ponele... relaciones que superan los prescriptos –sabiendo que cualquier prescripción es de relativa a falsa- seis meses hormonales).


En principio toda afirmación, codificación tal vez para Hall, encontrará una asimetría en la decodificación, también, pero con incertidumbre, para Hall. Por algo falleció. Y esa asimetría lleva a que el siguiente intercambio produzca una asimetría mayor y así infinitamente, al punto que la situación puede derivar en resoluciones dramáticas... no especificaremos al respecto.


Se podrían considerar inaceptables las resoluciones dramáticas extremas, aunque toda inaceptación esconde algún grado de hipocresía.


En estos términos es difícil comprender o contarles la conversación telefónica que pretendía narrarles.  Por lo tanto lo dejo ahí, aún sabiendo que tan decisión es esquiva y equivoca... según el caso.


Roberto von Sprecher. Juevés 25 septiembre 2014.